PABLO JARA

Ruinas de memoria

Dice Rebecca Solnit en su libro Sobre el arte de perderse que la ciudad se construye de tal manera que se asemeja a una mente consciente. Esto es: fría, calculadora, productiva. Y las ruinas que hay en ella pasan a ser el inconsciente, donde la ciudad se libera de lo programado, un lugar de exploración. Las postales, esas fotografías de lo consciente, nos muestran aquello donde quieren que pongamos el ojo. Ahí reside lo inerte, lo vaciado. Pero en toda ciudad hay inconsciente, es decir, hay ruinas que dan cuenta de lo perdido, lo sombrío y lo desaparecido, un depósito de imágenes y recuerdos. Es, además, un inconsciente móvil que se transforma junto con la misma ciudad.

En Valparaíso existe un edificio que se conoció durante mucho tiempo como la Ratonera, emplazado a pocos metros de la línea costera, cerca del sector financiero del plan. En una crónica de principios de los dos mil, llamada “Valparaíso Gomi” de Álvaro Bisama, la Ratonera aparece como el ejemplo ruinoso de un puerto basura. Recuerdo que cada vez que iba rumbo a Playa Ancha y veía con mis ojos de niño el edificio destartalado, una sensación de extrañeza me hacía mantener la vista fija en su estructura carcomida. Y es que la imagen del puerto en eterna decadencia se instaló en los imaginarios culturales que vendieron lo roñoso, lo sórdido, como una contracara de la imagen patrimonial e higienizada que por aquella época emergió y se instaló tras la declaración de la Unesco. En aquella crónica se recuerda brevemente que el edificio había sido una compañía naviera primero y en los sesenta un lugar donde pagar las cuentas. Hoy la Ratonera ya no es la Ratonera, a pesar de que todavía su nombre habita en la boca de los porteños. Hoy es un edificio remodelado que alberga la sede de un instituto profesional.

Tras la revuelta del 18 de octubre, nuevas ruinas emergieron en la ciudad. Pero estas ruinas no son producto del abandono, sino del fuego que todo lo calcinó. Hay un triángulo en el plan que da cuenta de la rabia acumulada por años. Son tres edificios que ardieron la misma noche: la sucursal del Banco Estado de calle Condell, un supermercado Unimarc en calle Brasil, y el edificio del Mercurio en calle Esmeralda. Hoy los tres edificios están en la misma condición de abandono como amanecieron la mañana del domingo 20. En los días que siguieron la cara del centro de la ciudad cambió rápidamente. Aparecieron los blindajes en los locales; los malls y restoranes chinos tenían a sus trabajadores con chalecos amarillos en las puertas, armados discretamente con bates; los vidrios de las sucursales de AFP, compañías de seguro, marítimas, etc., todos reventados; las farmacias de grandes cadenas destrozadas y vaciadas.

Sucursal del Banco Estado, c/ Condell, 2021

Pero casi dos años después de aquellas álgidas jornadas, y con una pandemia de por medio, el centro de la ciudad se parece más al recuerdo de lo que fue antes de la revuelta. En las paredes los rayados y carteles evitan que la memoria se diluya. Las paredes son la imprenta de los pueblos, dice Rodolfo Walsh. Pero estos tres edificios son el recordatorio vívido de aquellos días, el inconsciente de una ciudad, y por qué no, de una sociedad, que ya no aguantaba más.

Esa noche de sábado, las sirenas de los bomberos se escucharon por todo el plan. Lo primero que ardió fue el supermercado. Pero antes de ser consumido hasta los cimientos, los carritos metálicos salían cargados del interior con bandejas de carne, pañales, tampones, champú y desodorantes, cajas de leche, bebidas y cervezas, y los brindis se esparcían por la explanada de avenida Brasil. Un cabro con un pollo entero bajo el brazo, nada más salir del super, lo puso en las escaleras de una puerta cualquiera, en señal de ofrenda. Todo fue catártico e inesperado.

Afuera de la sucursal del Banco Estado, a unas cinco cuadras de ahí, los chorros de agua vomitados por gruesas mangueras rojas intentaban contener el fuego en el viejo edificio, que además terminó arrasando con una tienda de comidas para mascotas y un local de artículos para cumpleaños y fiestas de disfraces. Las llamaradas iluminaron la noche, mezcladas con las luces rojas de los carros de bombas. Un amigo que estaba observando las llamas, cuenta que uno de los bomberos le dijo que era un afortunado, que pocas veces uno tenía el placer (o el privilegio) de oler la plata quemada.

Sede de El Mercurio, c/ Esmeralda, 2021

El Mercurio ardiendo ha sido una fantasía de varias generaciones. Cada marcha que parte en plaza Sotomayor, cuando avanza por Cochrane y pasa por afuera del edificio, se canta “ahora, y siempre, el Mercurio miente”. Y fue con ese mismo cántico, que desde Bellavista una pequeña marcha espontánea se dirigió esa noche del 19 al mencionado edificio. Una vez forzada la puerta de fierro forjado, desde el balcón del segundo piso, sillas, mesas y ficheros volaron por los aires, alimentando una gran pira apostada en medio de la calle, que ardió hasta la salida intempestiva de los militares. Hay algo de purificador en el gesto. Y el fuego no solo estaba a las puertas del antiguo edificio, sino que también en sus entrañas desoladas. En la portada del diario al día siguiente, se ven las lenguas de la fogata rozando los cables del tendido eléctrico y los troles.

Caminar por cualquier ciudad es encontrarse de frente con su historia. A cada vuelta de la esquina se esconden recovecos cargados de significado. Y la memoria es capaz de articular esos sentidos dispersos y dispares. Otorgarle significancia a aquello que parece insignificante. Porque a simple vista pareciera que esos edificios llevan toda la vida así. Olvidados y abandonados en un puerto siempre en decadencia. Pero aquellas ruinas que conviven con nosotros guardan la memoria de la ciudad.

Pablo Jara Vásquez (Valparaíso, Chile, 1992). Actualmente trabaja como corrector en Ediciones Universitarias de Valparaíso, además escribe crónicas y reseñas en la página Plataforma Crítica, medio de difusión de literatura de la región de Valparaíso. Es parte del colectivo y equipo editorial de Revista Kontranatura. El año 2019 recibió una Beca Creación del Fondo del Libro (Chile).