CHINA MIÈVILLE[1]

Sobre los Monstruos.
O, nueve o más (monstruosos)
No Quietantes

Muchísimas gracias por tenerme aquí. Me siento muy honrado por ser un invitado en la ICFA[2].

El programa describe esta charla con el nombre "Sobre los monstruos". Como es tradicional, me gustaría juguetear y rebuscar en torno a ese título, y agregarle la frase "Nueve o Más (Monstruosos) No Quietantes".

Esta charla misma es dos monstruos. Como la ICFA, es una quimera, un cuerpo erudito con la cabeza de un monstruo nerd de 12 años que alucina con el Manual de los Monstruos. O viceversa.

El segundo monstruo tengo que explicarlo por medio de una disculpa. Algo de lo que sigue puede ser familiar para algunos de ustedes: esta presentación proviene de una conversación con Theodora Goss, quien me persuadió de que podría haber algún valor en un retorno (pero quien no tiene culpa alguna por lo que sigue). Así que he hackeado bits desde diversas cosas que he dicho sobre los monstruos y afines a lo largo de los últimos pocos años, le agregué algunos pensamientos recientemente saqueados, y los cosí juntos en una nueva forma fantasmal, a través de la cual me echaré a la corriente.

Está viva.

Estamos aquí porque amamos lo fantástico. Estamos obsesionados con lo que produce lo extraño; con cómo hace lo que hace; y en particular, con aquellas figuras que salen cojeando de esa extrañeza, aún empapadas y chorreando de ella, llamadas monstruos. Sabemos de alguna forma lo que las hace venir: el Sueño de la Razón. Para llegar a su quididad, que es aquello para lo que estamos aquí, no podemos partir con la razón misma soi-disant, con lo opuesto de lo que amamos, con lo no-monstruado, lo no-extraño, lo mundano sin fantasía. Lo quietante [canny][3].

En estos días en Inglés-Inglés, "canny" significa astuto, pero llega a nosotros vía el Anglosajón "ken" —algo así como conocimiento, entendimiento. Nuestro ken es lo conocido. Y de lo desconocido aparecen los monstruos. Desde más allá de nuestro Ken.

Figura 1. Muñecas Barbie y Ken desmembradas.

(tenía un chiste aquí sobre los cuerpos monstruosos y Ken y Barbie y la grotesquería y las deformaciones del patriarcado, pero era un poco pretencioso. Dejaré que ustedes completen los detalles). (Fig. 1)

Así que ¿Qué hay con lo opuesto de lo conocido [kenned], lo quietante? Lo quietante llega a su límite de ser interesante cuando se pone en tensión, como lo hace, sostenidamente, bajo el ojo geek del propio Freud. Su rumiación sobre lo inquietante [uncanny], esa sensación peculiar, incómoda, vagamente sobrenatural, es indispensable para cualquier consideración sobre qué tipo de afecto y de medio es el que engendra monstruos. Freud famosamente asocia lo inquietante con la repetición, con los dobles, con el reconocimiento de patrones, con los autómatas, y lo que aquí es más importante, con los fantasmas.

(Por otro lado, el estatus teratológico de los fantasmas es una cuestión espinosa, y se puede armar un caso muy razonable defendiendo que no son realmente monstruos. Aquí, estoy hablando sobre monstruos como encarnaciones, figuraciones, tan imposibles como inevitables, de lo no-conocido. Así que aquí cuento a los fantasmas como monstruos, y espero que ustedes lo permitan. En otros escritos he afirmado lo opuesto).

Freud contrapone la palabra Heimlich —familiar, más o menos— con lo inquietante, lo Unheimlich; pero es clave para su argumento que los dos términos, aunque opuestos, también sangren el uno en el otro. Que cada uno, incluso en los matices del lenguaje cotidiano, pertenezca al otro. Que haya algo truculentamente extraño en lo familiar, y algo familiar en lo extraño.

Incluso si permanecen siendo cortésmente escépticos sobre la extrapolación de todo esto que hace Derrida hacia afirmaciones sobre que lo fantasmal temporalmente desconcertado es una, o la, esencia clave y médula de toda la política y el mundo, su neologismo "hauntológico" para indicar la naturaleza del espectro y el presente embrujado es muy útil. Y no solo porque lo hauntológico, lo fantasmal, tenga tal tracción cultural. Lo Unheimlich, justo ahí en lo Heimlich. Hijo malhumorado de lo Gótico, él mismo un malhumorado repudio hacia un quietante opacamente armado, mercantil, industrial. Por todos lados, lo familiar no confesado pero recusante. Los no olvidados. A veces vuelven. La banda sonora para la modernidad es "[un] bajo, tosco, rápido sonido… como el que hace un reloj cuando se envuelve en algodón", el corazón delator, bajo las baldosas (Poe).

Así, como lo quietante es opuesto y repudio, lo que constituye el sueño de la razón es lo inquietante. Lo reprimido que retorna.

2

¿O lo es?

Sí, lo es.

Entonces. Bueno, ¿es lo inquietante el único opuesto de lo quietante? ¿Es sólo de allí que vienen los monstruos?

"El verdadero cuento extraño [weird][4] tiene algo más que un asesinato secreto, huesos ensangrentados o una figura ensabanada haciendo sonar sus cadenas según la regla" (Lovecraft, "Sobrenatural"). Lovecraft, en lo que fue lo más cerca de un manifiesto para la Ficción Extraña que él jamás escribió, explícitamente se burla de los atributos de los espantos góticos, fantasmales y de ruidosas cadenas.

Así que ¿qué hacemos con lo Extraño? (Aquí, por razones de tiempo, solo voy a aseverar lo que en otro lado ya traté de argumentar, que es que existe un grupo de textos significativa y útilmente distintos que podemos clasificar como "Extraños"). ¿Qué hacemos con lo Extraño, una tradición artística aún vigorosa y vigorosamente no-quietante que, aunque claramente nacida del Gótico, no es solo post-eso, sino que crucialmente anti-eso? Si un fantasma es lo monstruoso figurado de lo inquietante, una función culposa inadecuadamente encerrada, ¿Qué es Cthulhu?

Para Cthulhu, en las palabras de su creador, "no hay lenguaje". "La Cosa no puede describirse". Incluso su figurín "parecía no ser familiar a la geología o la mineralogía" (Lovecraft, "La llamada"). El Color que Vino del Espacio "obedecía leyes que no son de nuestro cosmos" ("Color"). El Horror de Dunwich era "una imposibilidad en un mundo normal" ("Dunwich").

Y no es solo para Lovecraft que el lenguaje es tan evasivo. En el incomparable "The Hog" de William Hope Hodgson, Carnacki el buscafantasmas, tratando de explicar las "monstruosidades ajenas" que enfrentaba, repetida, punzante, quejumbrosamente nos inquiere: "Me pregunto si puedes entender" "Me pregunto si te lo dejo claro?" "Me pregunto si te lo dejo claro a ti "Me pregunto si queda claro". Para lo cual la respuesta, por supuesto, en la cara de aquella desesperación neuróticamente sobredeterminada por un consuelo, tiene que ser: no. No está para nada claro. Estos monstruos son lo opuesto de lo claro.

En 1914, en la culminación del increíble anticlásico de Marion Fox Ape's Face, "vino claramente a través de los Bajos el sonido de una embestida extraordinaria. No era como el sonido del viento… era el ruido de algún cuerpo en movimiento tal que nadie ha visto algo parecido. Era un sonido inexpresable, porque la cosa misma era desconocida, no vista, no contada" (110).

En "The Willows", su segunda más grande historia de salvajismo exonerado, lo Extraño, y la melancolía de una muda añoranza Queer, la evasiva e indescriptible presencia encontrada por el avatar de Algemon Blackwood enfáticamente no es un espíritu aparecido. "Pero el terror que sentí", dice, "no era ningún miedo fantasmal ordinario". Como con Lovecraft, aquí lo Extraño es, nuevamente, explícitamente contrapuesto a lo hauntológico. "Era", dice, "infinitamente más grande, más ajeno" (Blackwood).

De acuerdo a Lovecraft, una "cierta atmósfera de terror sin aliento e inexplicable de las fuerzas foráneas, desconocidas debe estar presente" en lo Extraño ("Supernatural", énfasis añadido). Aunque pueda ser fácil burlarse de aquella falta de aliento a veces, hay algo vital sobre la repetición de estos adjetivos: "inexplicable", "foráneo", "desconocido", "extranjero", "no contado", "no visto".

Me pregunto si te lo estoy dejando claro.

Lo hauntológico es la recurrencia de lo que conocemos y deseamos no hacerlo. La cosa más terrible sobre el lamento de Macbeth "¿Cuál de ustedes hizo esto?" cuando ve el fantasma de Banquo es su falta de sorpresa. Lo Extraño —y sus monstruos— es categóricamente otro, fundamentalmente opuesto a eso, ni conocible ni reconocible. Lo Extraño es la aserción de lo que no conocemos, nunca conocimos, no podríamos conocer, que siempre ha sido y siempre será incognoscible.

3

El Afecto Extraño, entonces, funciona mediante la otredad radical, una alteridad contrapuesta. Emergiendo al final del siglo 19, es una iteración monstruada de una larga y fuerte tradición estética y filosófica, una eternamente obsesionada con cuestiones sobre lo Formidable [Awesome], una belleza que es terrible y más allá de lo conocido o conocible.

Desde fines del siglo 17, escritores como Wollestonecraft y Radcliffe y Burke y Schopenhauer y Schelling han surcado montañas hasta donde la tela del lenguaje y el orden simbólico es finísima y se han crispado y contemplado en escala geológica, en el abismo sofocante de lo irrepresentable, y lo que han nombrado es lo Sublime. Tan pronto como en 1693 John Dennis, hablando sobre cruzar los Alpes, dijo que mientras solía pensar la belleza natural como un "deleite que es consistente con la razón", el placer de esa vastedad estaba "mezclado con Horrores, y a veces casi con desesperación" (Misceláneas 138-9).

En lo Extraño, esa sensación permanece, pero es un inconocible depredador y a trasmano, un numinoso malo, manifestándose a menudo en una escala mucho más cercana, directamente tentacular en tu cara, y casualmente apocalíptico. Lo Extraño, ese truculento no-quietante, es resaca de lo sublime.

Esto produce una troika peculiar e importante. Porque esta Extrañeza, que yo diría que es tan importante como dinámica estructurante para lo fantástico como lo hauntológico, es la antítesis y algo así como el opuesto tanto para lo quietante como para lo inquietante.

Lo quietante, entonces, no es binario. Es trinario. Por lo menos.

Este campo Extraño necesita un nombre que lo distinga de sus dos antípodas. Algo que describa mejor a las Bestias Más Allá del Último Reducto de la humanidad, para traducirlo en los términos de William Hope Hodgson. Y en homenaje a mi querido Hodgson, voy a birlar el prefijo que le era eternamente favorito para describir exactamente a esas figuras no humanas, monstruosas, particularmente en su alocado y testérico[5] magnum opus, The Night-Land (1912): "ab-".

Lo Extraño está bañado con abidad.

Los monstruos de lo abquietante son expresiones teratológicas de ese irrepresentable e incognoscible, lo evasivo de significados. De aquí la enorme preponderancia de la viscosidad purulenta y sin figura en lo monstruoso abquietante, la tensión en la ausencia de forma, figuras que ostentosamente evaden la decodificación simbólica al ser todas las figuras y ninguna figura.

Esas pieles húmedas, fláccidas, delicuescentes también provocan cierto asco, es cierto. Sin embargo, el "ab-" en "abquietante" es como en "abnormal", y para mí no señaliza "abyección", en particular, en el sentido que se puede encontrar en la obra de Julia Kristeva, principalmente porque encuentro que su teoría y modelo psicoanalítico —y en esto ella no es más culpable para mí que Lacan o Freud— es completamente poco convincente, y de hecho esencialista. El reflujo nauseoso de género que está implicado en su teoría de lo abyecto no es, pienso, particularmente argüido con fuerza o persuasión, y de ahí que no sea un sine qua non de lo abquietante.

(Como una nota aparte a este tipo de referencias, sigo teniendo discusiones con gente en la que defiendo mi falta de inclinación a citar algunos teóricos particulares como parte de mis protocolos de lectura, dado mi escepticismo hacia la teoría misma de tal escritor, a lo cual mi interlocutor replicará que él o ella no está pidiendo necesariamente aceptar o acordar con esa teoría, sino solo ser capaz de construir "lecturas interesantes" con ella. A lo cual solo puedo responder con desconcierto que incluso si esas lecturas son "interesantes", seguramente la aparente verdad o no de cualquier paradigma tiene algún impacto en la utilidad de las lecturas basadas en ella).

Negarse a derivar el "ab-" en abquietante de lo abyecto psicoanalítico de Kristeva no significa, por supuesto, que lo Extraño, la aserción misma de lo asignificante, no se despliegue a las cosas desagradables, incluyendo el odio de género. Como cualquiera que haya leído las sádicas y criminalmente misóginas fantasías snuff de Arthur Machen podría atestiguar. Sin embargo, discrepo respetuosa y fuertemente de la lectura que hace Stephen King de Chtulhu como una vagina (King 13). Más bien, pienso que, aunque para nada esté libre de ellos, las demencias monstruadas de Lovecraft sorpresivamente no están imbuidas por terrores específicamente de género. Todos saben que lo que hace correr su sangre monstruófila es el odio racial, el antisemitismo y un terror extático hacia el mestizaje.

Tales significados viles, o cualquiera de los significados que lo Extraño quiera significar, no obvian el más-allá-de-la-significación de lo abquietante. Ese es el eje en el que trabaja, y por el despliegue del cual (inevitablemente) significa. Estos monstruos significan, a la vez que meta-no-significan.

4

Esta antisignificación esencial en el núcleo de lo abquietante se expresa bellamente en "Kraken" de Tennyson (1830), que junto con la pesadilla de pulpos de Victor Hugo en Los trabajadores del mar (1866) y el opaco monstruo calamar de HG Wells en "The Sea Riders" (1896), es uno de los textos clave fundacionales de lo pre-Extraño.

Hasta que el fuego último llegue a calentar lo profundo;

Entonces, para que una sola vez hombres y ángeles lo vean,

Rugiendo se alzará y morirá en la superficie.

Cuando surge a la luz del sol, a la luz de la visibilidad y la interpretación, el Kraken sin descripción muere. Es este un peán sin par y un elogio a la opacidad, al retiro semiótico.

Pero el poema no es lo bastante firme en su alegato contra-quietante, por lo cual pienso que es un texto intersticial, más que absolutamente Extraño. Sí, es sobre un abquietante incognoscible, pero hay también algo muy específico sobre el abisalismo de la bestia, su esencia béntica, que nos hace temblar.

Hay una clara superposición: muchos de nuestros monstruos Extraños favoritos vienen de hecho del fondo del mar. Pero hay tres cosas, yo creo, que distinguen el terror carnoso específico de lo Extraño de aquel que es submarino.

Primero, los Extraños emergidos como Dagon y Cthulhu o el cieno de Joseph Payne Brennan, del relato con ese nombre, retienen cada resto de su enormidad y poder por sobre las olas. Mientras que, en contraste, es cuando Tiburón, por ejemplo, acecha a alguien desde abajo que es realmente intimidante. Todos sabemos que aunque el momento en el que Tiburón o Monstro quiebran la superficie y emergen sea inevitable, y sea el telos de lo monstruoso subacuático, es también siempre una decepción.

Figura 2. Tiburón acercándose a un nadador desde abajo. Afiche de la película Tiburón (1975), dirigida por Steven Spielberg.

Por ello es que esto (fig. 2) es un mejor monstruo que esto (fig. 3).

Figura 3. Tiburón alcanzando la superficie. Fotograma de la película Tiburón (1975), dirigida por Steven Spielberg.

Figura 4. Jeremy Fisher y la trucha levantándose bajo él. Imagen de The tale of Mr. Jeremy Fisher (1906) por Beatrix Potter.

Y por eso también el momento más alto en esta historia de lo monstruoso submarino es este (fig. 4). Después de este aterrador momento que nos moja los intestinos, el pez agarra a Jeremy Fisher. El pez lo arrastra hacia abajo. Sin siquiera saltar a la superficie. Es la apoteosis y el cénit de lo monstruoso subquietante.

Otra pieza de evidencia para la existencia y la especificidad de lo sub-, como distinto de lo in- y de lo ab-quietante, es que mientras el escalofrío subquietante no sigue a su portador fuera del agua, nosotros, exploradores desde lo quietante, lo experimentamos desde el instante en que quebramos la superficie y descendemos.

Miré hacia el océano agitado y al sol poniente, y me di cuenta de lo que tenía permitido ver, casi media milla bajo la superficie sabía que nunca miraría de nuevo hacia las estrellas sin recordar sus contrapartes activas y vivientes nadando en esa presión terrorífica. Deja la mente en un laberinto de maravilla —pensar en haber visto estas multitudes ocultas, la mayoría delicadas y frágiles, moviéndose rápidamente en sus misiones de vida… todo en esta agua negra y helada… este extraño mundo, cuando se ha visto una vez… permanecerá por siempre como el más vívido recuerdo de la vida, solo por su calma cósmica y aislamiento, la oscuridad eterna y absoluta y la indescriptible belleza de sus habitantes (175).

Estas son las palabras de William Beebe, pionero del batiscafo, de 1934, sofocado con el éxtasis casi religioso de alguien que ha vislumbrado más allá - más abajo- de lo quietante. Y el éxtasis está solo a un pequeño salto del terror.

Así que ¿cuáles son las especificidades de la no-quietante Cosa Bajo el Agua?

Jeremy Fisher nunca reprimió a la trucha. Jeremy Fisher siempre había sabido que la trucha existía. Pero también sabía que ellas eran monstruos más allá de su ken batracio. Este momento en que surge la trucha, de hecho, representa la actualización de sus peores pesadillas, pesadillas de las que él ya estaba asustado.

Así que para volvernos Rumsfeldianos por un momento, si lo inquietante es llevado por lo conocido desconocido, lo abquietante por lo desconocido desconocido, entonces lo subquietante es una expresión de lo Desconocido Conocido.

5

Bueno, tal vez.

Con algo de nervio y vértigo, seguiré confusamente adelante.

Porque categorizar es intoxicante. Los prefijos son como los tequilas margarita.

Después de todo, el agua no es la única cosa de abajo que cría bestias. Si hemos abierto la puerta conceptual al inframundo como un eje para lo contra-quietante, entonces ¿qué pasa con esto? (fig. 5)

El mejor momento de Kevin Bacon.

Los gusanos de sangre criptozoológicos, los gusanos de arena de Dune, los Excavadores de JT Petty, el petróleo sintiente y las manadas de ratones y máquinas que cavan de Alvanson y Negarestani: la tierra bajo nuestros pies está repleta de monstruos ctónicos, presencias telúricas que mastican por la tierra y anidan en madrigueras y suben y enganchan y atrapan y vuelven abajo entre polvo agitado. ¿Qué tipo de no-quietante es este? Para ser distintos de lo in-, ab- y subquietante —incluso si inevitablemente se solapan, a veces en la figura de un mismo monstruo— estos monstruos necesitan encarnar su propio repudio a las panaceas de lo conocido.

La tierra bajo nuestros pies, el literal fundamento de nuestra concepción de las cosas, de lo cotidiano, está agujereada. No es segura. Pisa muy fuerte y los socavones se abrirán.

Figura 5. Afiche para Tremors (1990), dirigida por Ron Underwood.

No es por su mera inframundanidad que estos hacedores de túneles son intimidantes: es por su tunelidad. Su desestabilización del suelo en el caminamos. Desde cualquier camino bien trillado pueden aparecer las gigantescas fauces de una hormiga león, y entonces nos vamos. Estos monstruos son vectores de una tierra hueca. Vectores vermiformes, con dientes.

Con lo subquietante, ya sabemos que no estamos en tierra sólida. El mar profundo es un desconocido conocido. Aquí, por contraste, el terror está en el repudio a nuestro complaciente contoneo de caminantes sobre la tierra, nuestra arrogancia inconcebible de que creamos poder, con seguridad, poner un pie delante de otro.

No es simplemente culpa, ni la anti-revelación, ni la verificación de nuestros miedos profundos; esto, que podemos crucialmente sentir rondando bajo nuestros pies, es lo monstruoso que socava nuestras certezas.

Es lo cataquietante.

El griego funciona.

***

La prueba clave para la pulsión del categorizador, su motor, incluso, no es el caso incontrovertido u obvio, sino el contraintuitivo. Donde hay un cúmulo de rarezas que el buen sentido quietante no podría predecir. Pueden derivar lo inquietante, e incluso lo abquietante, de lo quietante. Pueden predecir que en un mundo con peces y gusanos aparecerán lo sub- y lo cata-quietante.

Dada la gran cantidad de desperdicios que tiramos, tal vez no es sorprendente que mareas de goma, dunas de chatarra, un mundo hecho de basura no sean un nuevo concepto en la ficción fantástica — en Garbage World de Charles Platt (1967), los conceptos de "kipple" y "gubbish" que propone Philip K. Dick, los descartes sin fin de The Dump de Ellis Sharp (1998), el paisaje desechado en la película Laberinto (1978).

La basura monstruosa, insurgente, sin embargo, parece ser menos autoevidente.

Pero está en todas partes.

A estos podemos sumar Hedorah, el pokemón Trubbish, y el adversario en la película setentera de muy bajo presupuesto The Milpitas Monster, y Garbage Man de Joseph D'Lacey (2009), y Marjory el Tarro de Basura en Fraggle Rock, etcétera. Incluso tipos propiamente literarios entran en el juego —Updike, en Hacia el fin del Mundo (1997), presenta "metalobioformas" que han evolucionado de desechos tóxicos.

Sí, por supuesto, estas imaginaciones pueden desplegarse para hacer argumentos legítimos aunque burdos sobre la degradación medioambiental, o peor, para eviscerar su propia terribilidad y actuar como compradores del instrumentalismo burocrático humano, insistiendo regañonamente en la necesidad de reciclar.

En estas iteraciones domesticadas, estos no son tanto monstruos de basura como desperdicios regañones —los desperdicios [litter], como cualquiera que haya leído Gone Tomorrow de Heather Rogers (2006), fueron una invención exculpadora del Complejo Industrial de Empaque de EEUU[6]. Pero incluso en una forma tan degradada, estas figuras hacen eco de algo más resonante, menos estable e instrumentalizado. No quietante.

Los monstruos de plástico fueron arrojados, no reprimidos. No están debajo de nada, necesariamente, a menos que sea para llenar hoyos. Crucialmente, podríamos no conocerlos ahora, pero ciertamente lo hicimos antes. Así que no son in-, sub-, cata- o ab-, por lo que tenemos lo suficiente para ameritar un prefijo.

Lo posquietante. Lo descartado insurgente, que ya no somos capaces de comprender.

***

El ciclo de generación de géneros se acelera. ¿adónde vamos ahora'

Hay dos contraquietantes de abajo. ¿qué pasa con los monstruos de arriba? Lo que une al aeroplano gremlin que acosaba a Shatner en La dimensión desconocida con los burocráticos alien monarquistas que habitaban el cielo de Heavyside, por el asombroso Christopher Caudwell (él mismo un pensador de lo inquietante, editor de relatos de fantasmas, novelista, teórico marxista y mártir en la Guerra Civil Española), con los ecosistemas de selva aérea y monstruos gelatinosos de "El horror de las alturas" de Conan Doyle (1913), con, aunque sea solo por el título, Zombies de la Estratósfera (1952)?

¿qué sucede con el terror de que no haya un escape hacia arriba, de que seremos cruelmente abusados por nuestras aspiraciones celestiales? ¿Que lo sublimado (que no es lo sublime), la proximidad al cielo desligada de la tierra no sea emancipación para este valle de lágrimas?

La descreencia en nuestro escapismo que mira al cielo es lo sobrequietante. O, para el helenófilo, lo anaquietante.

***

Necesitamos más. ¿Tenemos algo particularmente jugoso teóricamente? ¿Una elisión entre las especulaciones académicas recientes y lo no-quietante como una estética sin aliento?

Ciertamente. Probablemente el movimiento más de moda en la teoría filosófica en este momento se llama Realismo Especulativo, uno de cuyos pin-ups, el filósofo francés Quentin Meillassoux, actualiza al obispo Berkeley. Él trae una desdeñosa refutación del giro lingüístico, una noción de que el mundo es inextricable para nuestro pensamiento y lenguaje, en atención a aquello que él llama el archi-fósil. Esta es la serie de eventos que sucedió vastamente antes que el pensamiento humano.

Los parámetros y excentricidades y cada vez menos convincentes afirmaciones de gran parte del Realismo Especulativo están más allá de nosotros aquí, pero incluso si no tiene el peso teórico fuerte que quisiera tener, esta construcción particular golpea una cuerda grave. Es una versión con notas al pie de esa maravilla que revuelve el estómago que sentimos y reconocemos cuando miramos a un trilobite, un amonita, huesos hechos de piedra. Cualquier fósil. Un repudio anticipado a nuestra epistemología —un pre-eco de hace mucho antes que nuestro ken.

Es un espanto relacionado a todas las advertencias en el horror acerca de la nítida antigüedad de un monstruo particular. ¿qué podría ser esa ansiedad, frente a la cual lo quietante no es más que un paradigma advenedizo, sino lo prequietante?

***

En 1938, Andre Breton y Jacqueline Lamba e Yves Tanguy se juntaron, hacían por muchos años, doblaron y pasaron papel y garabatearon, crearon un contraquietante onírico de teratología azarosa, epifanía a través de la suerte. ¿De qué debería ser este monstruo?

¿lo yuxtaquietante?

***

William Wilson. El Döppelgänger. Pace Freud, esto de hecho no es inquietante. No ha regresado: el problema es más bien que es simultáneo a sí mismo. (ver fig. 6)

¿Un monstruo de lo requietante, tal vez? No, porque eso sigue implicando una dimensión temporal. Este es un sí mismo que se sostiene solo. Se trata del horror de estar al lado, del estar-junt-ismo. Así que lo que somos en este reino es lo paraquietante.

***

¿Los computadores que se toman el poder por su lógica superlativa, su excesivo rigor, su razón malévolamente totalitaria y antihumana? Razón contra sí misma, la parte maldita de la racionalidad, lo quietante autófago. ¿qué son?

¿lo superquietante?

***

Figura 6. William Wilson, de Edgar Allan Poe. Ilustración por Harry Clarke (1933)

Obviamente, como digo, habrá superposiciones entre estas categorías: el fantasma de un tripulante de submarino es subquietante e inquietante. Un zombi de la estratósfera, in- y anaquietante. Cthulhu es ab-, sub- y prequietante.

Podría seguir. Seguiré. Pero tiene que haber una forma más eficiente de hacer esto, ahora que hemos tomado vuelo. Vamos a poner la metodología de cabeza: más que proceder por el extenuante método glacial de realmente tratar de desarrollar formas de comprender lo que hay allá afuera en el mundo de los monstruos, vamos a entregar nuestras divisiones primero, después empujar a la realidad en estos lechos de Procrusto. Lo que necesitamos es una lista de prefijos. Suturarlos a lo quietante, luego ir a cazar evidencias.

Estoy actualmente reclutando, entonces, ejemplos de: lo interquietante; lo hemiquietante; lo monoquietante; lo periquietante; lo epiquietante. Y cualquier otra categoría no-quietante, y ejemplares de ella que pueda encontrar la gente, son siempre bienvenidos.

7

Dos preguntas clave surgen de todo esto.

La primera y más obvia es, ¿dónde dejamos a los dragones?

La segunda pregunta, y se relaciona a la primera, es ¿de qué estamos hablando, en todo caso?

¿Estamos todavía hablando de algo? ¿lo estuvimos?

Oh tú, frenesí taxonómico, manía de categorizar. Tú demente y entusiasta Linneanismo de las rarezas. Eres la fuente de nuestros superpoderes ñoños, y de nuestra implacable capacidad para arruinar completamente lo que amamos.

No permitan que sea poco claro. La quietantidad definitivamente contiene sus propios antígenos o enemigos o sombras renegadas o antítesis u opuestos o contrarios o reflexiones o cualquier otra metáfora que quieran usar, de los cuales los monstruos son la delicia y el ejemplo más infinitamente proliferante. Y de estos, lo inquietante es, como sea que lo teoricen, absolutamente clave. No es mera contingencia que esa categoría sea el sello para una industria artesanal académica.

Iré más allá. Exigiré un mínimo de tres puntos para el triángulo de los opuestos cuando se trate de la razón, de su sueño y de su ausencia. Vigorosamente defiendo lo abquietante como una heurística. Es una herramienta conceptual vital. Genuina y sinceramente pienso que impulsa la comprensión de una subtradición y pulsión fantástica completa que ha existido masticando un nudoso conflicto mutuo con lo inquietante. Incluso he argumentado que la historia de lo fantástico por más de un siglo se ha caracterizado por una oscilación entre lo in- y lo abquietante, particularmente en lo monstruoso.

¿Y más allá? ¿Qué pasa con lo posquietante?

Estoy persuadido de que tiene algo de persuasivo.

¿Lo subquietante? No sé. Pienso que hay algo en eso.

¿Anaquietante? Pensaba que estaba bromeando probablemente cuando sugerí esto, pero como parte de la investigación, releí "El Horror de las Alturas" y ahora no estoy seguro. ¿Sigue siendo un poco rebuscado, o no?

¿Cataquietante? Tal vez.

¿Periquietante? No tengo nada.

Incluso si hay un punto para cualquiera de estos, incluso si puedes tomar la comprensión del monstruo marino desde lo subquietante, digamos, la pulsión para traducir lo que pueden ser fugaces y evanescentes constructos útiles en fundamentos para el análisis es algo mortal. A veces está bien que la derivación teorética sea más suficiente que necesaria.

La gente sin duda está familiarizada con la taxonomía del Emporio celestial de conocimientos benévolos, el sistema de clasificación animal que Borges afirmaba sacar de una Enciclopedia China, de acuerdo a la cual las bestias se dividen en:

a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k)dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas.

Esta es una lista inmensamente influyente, en la cual Foucault basa toda su discusión en Las palabras y las cosas (1966), una lista que ha sido usada como excusa para rumiar sobre la arbitrariedad o la especificidad cultural del conocimiento y la organización, como una supuesta deconstrucción de las categorías rígidas, etcétera. También es una lista que un sorprendente número de lectores y escritores y académicos parece no percatarse de que no es real. Es una obra de ficción. Es una lista, entonces, cuya sabiduría clave tal vez no es epistemológica sino estética — para el ingenio, esta taxonomía es profundamente disfrutable. Es una performance, y una que hacemos bien.

La clasificación puede bien no ser inútil, pero nunca es análisis, no importa cuán barrocamente detalladas y comprensivas parezcan sus categorías. A lo más, pide preguntas. En su peor faceta, es presuntuosa y totalitaria, remplazando el entendimiento por el archivo. Todos hemos sabido de artículos donde las categorías son la fuerza conductora, de acuerdo a la cual la forma de comprender la literatura (o cualquier cosa) es averiguar qué título calza en cada lugar, como si la teoría literaria fuera un catálogo de tarjetas gigantesco. Incluso cuando el último libro ha sido metido limpiamente en el último de los hoyos que fueron cortados para llenarse con libros, lo que tenemos son libros en limpias pilas. No es que sea nada, pero tampoco es mucho.

Así que incluso si alguien estuviera convencido por la utilidad de cada uno de los contra-quietantes mencionados aquí —y pienso que alguien así estaría loco— el punto seguramente no puede ser inmediatamente decir, "Bueno, qué pasa con este texto, esta figura, ¿cuál podría ser? El monstruo X o el demonio Y, ¿son periquietantes? ¿Mono-? ¿Super-?”

No es que yo no tenga o no comparta ese deseo. Pero no importa necesariamente dónde dejamos a los dragones, en otras palabras, o cualquier otro monstruo favorito. Nada de esto puede decir algo pertinente sobre esta u otra pregunta draconiana. Estas categorías que he estado desarrollando, ni su importante núcleo ni la francamente cuestionable penumbra, pueden pretender o tendrían que cubrir todas las iteraciones de lo fantástico, sea monstruoso u otra cosa.

Todo lo que deben tener para que sea digno hablar de ellas es este par de cosas.

  1. Ayudar, solo ocasionalmente, a pensar. Sería excelente si incluso solo una o dos de ellas se volvieran partes permanentes de nuestros arsenales conceptuales, como por ejemplo es mi sincera aspiración de que lo sea lo abquietante. Algunas de ellas no apilan meramente monstruos en grandes sedimentos de cuerpo imposible, sino que apuntan a cómo y por qué, y con qué fin, esos monstruos hacen lo que hacen.
  2. Todas ellas, de cualquier estatus, deberían, por su sola citación —como la de las bestias que pertenecen al emperador, como las bestias que de lejos parecen moscas— entretener.

Como espero que lo hayan hecho aquí.

Bibliografía

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Notas

[1] Traducción y notas por Felipe Kong Aranguiz. (N. del E.)

[2] International Association for the Fantastic in the Arts. El texto fue publicado originalmente en Journal of the Fantastic in the Arts, Vol. 23, No. 3 (86) (2012), pp. 377-392.

[3] La palabra “canny” y sus derivados que propone este texto, no se deja traducir de forma unívoca en español. Poniendo como centro la palabra “uncanny”, que hemos traducido como “inquietante”, decidimos derivar todo el resto de las palabras desde el concepto de “quietante”, que no existe como tal en español pero que se deja comprender. Lo quietante es lo que te mantiene quieto, en lo cotidiano, lo conocido, sin novedad. Pensamos que tal vez no sea la mejor palabra, pero sí la menos mala.

[4] Traduciremos “Weird” siempre por “Extraño”. Es una palabra importante para Miéville, quien es uno de los exponentes principales de la llamada “Weird Fiction”.

[5] Testérico: palabra para referirse a lo histérico masculino, histeria propia de la testosterona.

[6] La palabra “litter” denomina específicamente la basura en su forma más cotidiana, la que es tirada en el suelo, fuera de lugar, lejos de la cadena de recolección, de basureros y vertederos. En el libro de Rogers se denuncia que fue la industria papelera estadounidense la que desvió el foco desde el problema general de la basura al problema estético de que nuestro entorno se vea limpio.