ÁNGELO PÉREZ BERTOLDI

Dicen que un buen relato podría condensarse en una sola frase: “jueves, sexo y lombrices” resume perfectamente bien los temas (u objetos) en torno a los cuales gira la pluma de Pérez Bertoldi. Decía Piglia en alguna parte que los relatos tienen dos historias: una explícita y otra subterránea. Sin esas aguas profundas —diría el escritor argentino— las narraciones carecen de valor estético y no son más que anécdotas. Qué mejor ejemplo de esa doble corriente que este texto que nos llega de improviso, en donde en apariencia no ocurre nada, pero en el fondo probablemente las aguas están desatándose. O quizá no. Quizá solo sea el discurrir escritural en torno a los significantes que componen “jueves, sexo y lombrices”. De ahí la maravilla.

Jueves, sexo y lombrices

Mira por la ventana porque es jueves. Es jueves porque lo tiene libre, y en su vida un jueves sólo sucede si es libre, si le da tiempo para desviarse o para aliviarse o para lamentarse (no es lo mismo pero funciona de las dos maneras). Si no fuera libre se trataría de una prórroga del miércoles, o una repetición anticipada del viernes, o un montoncito de (veinticuatro) horas infiltrándose entre un miércoles y un jueves.

Es jueves y mira por la ventana (¿toma un tecito chai? Imposible. Al menos si no lo conjugo en futuro). Los caranes son himenópteros véspidos y depredadores, cazadores de orugas y otros insectos más pequeños que utilizan como alimento para sus larvas, y buscadores del néctar en las flores para no agotarse durante los vuelos. Excelentes comedores de palos y vigas y maderas que sostienen la glorieta del patio que ahora peligra caer. Los caranes son eso, y ahora uno de ellos zumba con cierto escándalo en una especie de nube invisible formada por sus propias direcciones. Escribiría que va y viene, por costumbre, pero es irrefutable que sólo va. Está buscando algo. Está recordando algo ―Pero es ahí en los lujos donde nos mostramos, donde se nota que no somos la misma mente, ¿no? ―hace memoria Nicole. Pero los lujos de la noche me parecen más difíciles para ver las cosas y la luz tiene un ratito mientras lo interesante es muy distinto, agrega el tipo ese que nunca dice nada.

En ese espacio de ida continua del carán, Unkelee lo sabe: había una tutía, herbácea de espinas que pinchan, flores blancas, y bayas rojo brillante que intoxican, o no. El carán amaba sus flores corrugadas y claras, preámbulo de sus frutitos rojos pulposos y envenenados, o no. Pero tenía demasiadas espinas y las espinas permitían la circulación sólo a cambio de pinchazos (prueba de la pasividad como forma aguda y quasiactiva de violencia), lo que provocó que la podara. Bastante. Un tronquito y un brote de quince o catorce coma nueve centímetros, para hacerle compañía. Y el carán amaba sus flores corrugadas y blancas, las visitaba todas las mañanas. Ahora, memorioso y quizá hambriento, recorre el espacio que ocupaban y ya no ocupan. No encuentra ninguna flor en sus vuelos.

¿Es posible que entienda el mundo por coordenadas? Sabe que ese es el espacio de las flores, pero parece negarse a darse cuenta de que ya no están.

Comprender la realidad sin aceptarla, ¿es comprenderla?

Tierrero: recipiente donde se colocan diferentes tipos de suelo (arcilloso, arenoso, negro, compostado) para su mezcla y su posterior uso en germinadores o macetas o canteros. Lo anota Unkelee en su libreta y sabe que verdeSol jamás haría algo así como un tierrero, como un preparar la tierra. Ella tiene todo el alimento que necesitan las plantas en los dedos.

Igual, Unkelee siempre pierde las libretas. Lo máximo que logró completar de una fueron cinco páginas. No necesita ni un poco las cosas que escribe. Cuando son muy importantes corre a contárselas a verdeSol. Aunque ella las necesita mucho menos.

Recuerdo a un tipo con el dedo cortado. No, agujereado. Le había pasado algo con una lata de cerveza, con esa misma que estaba tomando ahora. Criticaba la cursilería de la expresión “volverse uno”, “unirse”, para referirse al sexo (con amor, con respeto, o sin ninguno de ellos)

—Vos la querés coger más fuerte y ella quiere más suave; vos estás queriendo orinarle la espalda pero no te animás a proponérselo, y ella quiere hacerte un tajo en los brazos o en la cara y tampoco se anima a decirte, por eso de la cordura, de mantenerla. Si lo pensás ―y tiene un cigarrillo en la mano, e inevitablemente estamos en un bar, uno en el que me siento bien ― la cordura es un cordón, ¿no? Un amarre. Pero bueno, a lo que iba es que siempre estamos cogiendo incompleto. ¿Cómo podemos llegar a ser uno si por cada lado estamos a la mitad, o incluso menos? Para ser uno mínimo tenemos que llegar a ser dos. Y cambiando un poco de tema, ¿vos sabés si las lombrices flotan en el agua?

Me hizo reír. No había terminado la secundaria, ni estado más de una semana en Bolivia porque dos noches seguidas de mala suerte lo metieron en un calabozo. El mismo calabozo. Con distintos vómitos. Así que se volvió desencantado y con los ojos irritados, un poco debido al gas pimienta y otro poco debido al sutil e invisible vaho agrio del vómito evaporando su parte más líquida. Y yo sé que su pregunta de la lombriz tenía alguna historia importante detrás (o al menos una historia con valores emocionales para él), pero sólo respondí que no y nos quedamos callados un rato.

Después recordé que los que sí flotan son los mamones. Los mamones flotan en el agua y también en el vinagre.

Ángelo Pérez Bertoldi nació en Pampa del Infierno, provincia del Chaco, Argentina, en enero de 1996. Allí completó estudios primarios y secundarios, y posteriormente cursó tres años de la Licenciatura en Artes Combinadas de la Universidad Nacional del Nordeste, así como un par de cursos de nutrición, de japonés, de construcción en barro, y un instructorado de yoga. Ocasionalmente se desempeñó como fotógrafo de eventos, editor audiovisual y músico callejero. Trabajó en una librería y una tienda de alimentos. Actualmente continúa vendiendo libros y cultiva cuanto puede (zapallos, girasoles, rúculas, tomates, etcétera) para su subsistencia. Disfruta levantarse temprano pero si hace frío le cuesta, y le gustaría hablar muchos idiomas pero casi no habla.