CARLOS LEITON

Con un registro más poético que narrativo, Carlos Leiton va configurando el escenario de su primera novela (Editorial Castor y Pollux, Chile, 2021). Sutil, etéreo, como si fuese un mantra, la voz interior discurre en un monologismo no exento de ruido. En estos breves fragmentos, veremos la extraña aparición de unas marionetas fabricadas por el amante (imagen que nos recuerda que el arte es también artesanía y que el lenguaje es también cuerpo), las cuales van plagando el espacio de una extraña y tétrica atmósfera. Las reflexiones sobre la meditación, la voz, el ritmo, el amor y lo cotidiano se van entretejiendo como una red que poco a poco va introduciendo al personaje en un conflicto que, sin embargo, no termina de desvelarse.

Casta Diva (extractos)

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El acto expele un humo. Apago la luz y ocupo la esterilla donde me siento a rezar. La suavidad de permanecer aquí es similar a esos luches frescos que cubren los pies en esa playa donde la gente pasea sin mirarse, y el alga en la piel es otra forma de contacto. Las manos en Atmanjali mudra, tratando de hacer desenfoque de las imágenes. Nadie se despeina acá. Nadie gime. Un diario es un diario de viajes fallidos. Esta se supone que es una sala de meditación. Todas las palabras nuevas que he aprendido para nombrar las cosas son diminutas gotas de esperma ajena decorando mi cuerpo. Las escenas se proyectan y todos las ven. En mi petición me interrumpe la intermitencia de una sinuosa gruta de piel donde a pasos seguros no hago eco. Las imágenes se han proyectado, mi libro abierto, este cuadernito de hojas roneo, gastado como las páginas de mi piel. Soy una página en blanco y manchada por erradas gotas de tinta y escupos al azar. Las canciones gimen en mis audífonos. Yo también gesticulo.

En padmasana o el Loto, postura que no se puede hacer a la rápida, con el apropiado gesto de manos, un mudra que es un llamado para espantar a los demonios, las pantallas se apagan. No sé si alguien puede venir a tocarme la puerta. Permanezco así y al cerrar los ojos sigo decorado por esas lágrimas de líquido ajeno como joyas adheridas a la piel, incrustaciones de alpaca y aluminio como un buen sanyasi cyborg que sabe muy bien cómo guardar calma con sus labios, detener el temblor imperceptible del párpado izquierdo.

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En la visualización mi cuerpo atraviesa la edad de los metales. Soy un engarce que corona de forma magnífica este báculo meditativo. Pido perdón por mis faltas. Mis rodillas rotadas en la postura de Loto hacen picadillo este mundo.

El humo de esta pieza, que me respiro como una invocación, las esporas expelidas con el mantra que recién dejé salir, bien pronunciado en mis labios.

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Espero a Damián. Espero en vano, pues está concentrado trabajando en unas marionetas y en los vestuarios que deben caracterizarlas. A mí suele pasarme lo mismo, me olvido del teléfono. Cuando yo lo llamo me cuenta que está bien, completó el día haciendo las marionetas: una es el Trono, otra la Potencia, y la ultima la Fama ¿La Fama? Así como de Cronopios y Famas. Parece. Estaban haciendo una dramaturgia que iba del Fausto de Goethe a Cortázar. Ah ¿Qué se supone que hacen los tres en esa división angélica? Unos vigilan, otros preservan, y los últimos dan esperanzas.

También me habla de otras tres marionetas extrañas, una obra inusual: dos cantantes y una diosa.

Me cuenta que me consiguió una túnica estilo ballet ruso de 1914. Qué bien. Yo la quería para andar con ella en la calle, pero tiene que hacer más calor, un par de meses más.

¿Qué conseguiste para ti? Unos zuecos, pero para moverme con ellos en la casa, te hacen más alto.

Voy a tener que mirarte hacia arriba ahora, le digo. Sí, pero no sé en realidad si los quiero usar. Como calzamos parecido podrías verlos y tal vez quedártelos.

Uno nunca sabe cuando algo así te puede servir.

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La kundalini es un pene que rompe las entrañas, rompe el entramado, deshace las costuras de la totora íntima para adobar un nuevo sentido de transparencia, medusa de noche en que los ojos se aclaran y no hay traspié en evadir los muebles desordenados del camino. Jugo de los ojos, ya sin escozor. Suenan las preguntas en su badajo. Sé que soy mi propia costura. Una columna prometida, cajonera en que he ocultado los más vergonzosos secretos. Saco de ella todos sus papeles y ahora no me duele leerlos en voz alta. Soy como soy. Una columna adobada en condimentos picantes. El tapiz rasgado por la uñas de un gato. Espinazo sujeto a una pregunta, prendido cielo raso de los insomnios. Cuentas los segundos que no sonaron, las veces en que la respiración no fue lo suficiente. Me siento en padmasana y hago un nudo con mis piernas. Mis rodillas no duelen, nunca han dolido en realidad. Nací con la vocación de hilván. Pregunta atada a papeles ignorados, columna sobajeada, endeble, móvil y ondulante como un gato. Me debo a su ronroneo. En mi noche la kundalini asciende. No imaginé sonido menos limpio. Un cajón de mis vértebras dice nítido anverso. Deshago el calcio con un soplo. Mi propia hilacha al borde de la luz de la estufa en esta noche de lluvia. El borde de polvo a punto del estornudo en el vaivén de mi respiración.

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Damián me abraza. Siento su respiración y nos acompasamos. Él respira más rápido que yo. Me propongo transmitirle mi ritmo. Si las frazadas se acaloran estamos cerca de un ronquido, pero no ocurre, permanecemos en el límite. Trago su aliento. Ambos de frente y cuando él exhala yo inhalo. No lo percibe.

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Guiño un ojo al espejo y muevo los labios con la canción, con la certeza de que alguien me ve desde fuera.

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No canto. Si cantara no me escondería como la mayoría de los cantantes que conozco, amigos míos. Cantaría en la calle, cruzaría la calle cantando a ojos cerrados, me movería, trataría de imponerme con las palabras. Cantaría, contaría mi historia. Un, dos, tres, cuatro, cinco dedos… y me cubro los ojos: los días se vuelven noches.

Ataría cabos, anudaría las cosas con mi voz.

La historia sería mi voz.

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Con Damián se nos queda encendido el televisor tras dormirnos. Pasan los comerciales. Mucho de lo que soñamos tiene relación con la trama de alguna serie que se transmite y nosotros ignoramos. Buscamos la interrogante en un pasillo que no nos responde. Cuando transmiten videos musicales hay algo que nos une o nos aleja, la música ata o desanuda, imbrica cordeles, o con impulso inconsciente uno busca atarse aquella soga al cuello sin entender que desde ese punto muere toda continuidad.

Somos espectadores. Esperamos que las escenas cambien.

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Las figuras de barro: Michael, muñeco vudú de piel negra, usado en el rito de las marionetas que dan inicio a la creación y se estremecen como palitroques en llamas cada vez que el acto avanza desde su punto álgido a uno en que no hay marcha atrás.

La Kumari: muñeca diosa, representante de la diosa en la tierra, aparecida en Nepal cada ocho o seis años, réplica concisa y bien definida de la verdadera Kumari, la niña de seis años elegida por los sabios y destinada a ser diosa hasta su primera menstruación. Como la Kumari es una niña, tiene prohibido emitir cualquier sonido, ya que la expresión humana, aun en su ínfima manifestación, lleva a contradecir la presencia de la diosa en la tierra. Al mediodía, se le aplican friegas en sus articulaciones con jugo de limón y alcanfor.

Ubicados en un mismo sofá, los muñecos Michael y Kumari reciben tratamientos similares que, con normalidad, solo son prodigados a la Kumari. El escenario de la tapicería lujosa hace propicio el avance e imperio de los sirvientes que no dejan sin limpiar ningún recoveco. El jugo de limón lava las estrías de Michael, funciona a modo de temperatura glacial blanqueadora. La Kumari es asistida en la ejecución de sus trenzas, ella se vuelve un perfecto ejemplo de telar quipu que debe ser descifrado. Michael, escondido en su piel, cuenta sus rizos. La reflexología y el masaje craneal devienen quiropraxia, resortes y articulaciones agradecen aquel protagonismo en el fondo de ese trazado de cuadros (diseño Op Art ligeramente retro con toques de Art Decó), de esa forma la tapicería del sillón fija sus límites en un acotado limbo. Michael observa a la Kumari. Así es la vida, parece decir ella desde su mutismo.

La marioneta lleva sandalias que Michael venera, a medianoche, cuando en el vacío de los cuadros nadie lo ve.

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Este telón de fondo como túnica de ballet ruso. Las figuras de la creación son las que se encuentran una a otra en su temperatura. Siento las manos grandes de Damián en mi talle, generando trepidaciones en el diseño geométrico que parece contener otra vida en su interior. Damián usa zuecos. Yo una cofia medieval. Voy a hacer mis quehaceres poniendo a secar la ropa, cambio de siglos con sigilo, adopto la introversión de la lechera de Vermeer en este mediodía tenue. Y así permanece este sonido de vaciar vasijas, todo en su círculo conectando con otra esclusa, túneles que pierden la geometría, que aprietan mi puño con calidez.

En el cuarto de los vestuarios está todo desordenado salvo la túnica de ballet ruso que llevo puesta: ella contiene, refrena. Nos perdemos entre los maniquíes. Me engaña con un maniquí y yo a otro le arranco las piernas. Hay algunos que son solo torso y ojos azules salinos que se bañan en un agua circular y melancólica. Me pregunto cuán fácil es quedar sin piernas.

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Sus marionetas nos miran. Lo que se puede reflejar en sus ojos pintados, secos. La mano de Damián traza círculos en el aire. Le digo que se detenga. En el círculo le saca cosquillas a un rincón imaginario, se prepara para un contraataque. Me adelanto a la defensa entre risas. Los ojos de fresco pintados hace dos semanas, siluetean, rascan en su piedra. Ambas marionetas sentadas sobre el refrigerador. Cuando Damián les preparaba el interior para rellenarlo con algodón sintético yo traje un perro de la calle al que alimentamos con un pedazo de carne; en su ansiedad el perro tiró dentelladas y pasó a llevar el brazo de Damián. La sangre se hizo rápida, más que nada un rasguño profundo que manaba. Damián se limpió con el algodón que luego usó de relleno en el torso del muñeco. Le pregunté si había algún problema con eso, él me miró nada más, sonrió.

No sé cuál de los dos muñecos es el hijo de Damián. Ambos nos miran.

Carlos Leiton (Santiago, Chile, 1982). Estudió fotografía y es licenciado en Educación. Ha publicado los libros de poesía Habitación y concierto (La Trastienda, Chile, 2011), Eczema del árbol (Premio Oscar Castro, 2016) y la plaquette Pez Calcuta (2018). Ha sido antologado en Voces -30, nueva narrativa chilena (2011). En 2013 obtiene el premio de la revista Grifo (poesía), y en 2017 gana la beca de creación del CNCA en la línea de novela. A fines de 2021 publica la novela Casta diva, por Editorial Castor y Pollux.