FLORENCIA MADEO

Si la realidad está aconteciendo en la pantalla, la poesía surge entonces de esas repentinas interferencias. Y sin embargo ni el control remoto puede mantenernos a salvo de las imágenes que se nos abalanzan. La escritura de Florencia Madeo no ejerce resistencia ante estos embates; es más bien porosa, abierta a su presente continuo. Pero al mismo tiempo posee un singular talento para el desvío, como si cada imagen imantara hacia otra en un diálogo donde el receptor brilla por su ausencia, fantasmagoría de un cuerpo cuyas huellas las palabras persiguen, sin saber hacia dónde ni para qué. ¿El amor? ¿La muerte? ¿La memoria? El tema poco parece importar comparado con la urgencia que late tras la superficie trizada de las cosas.

*

Mientras los pastores evangelistas de la televisión
mantienen la esperanza de que la vida en la Tierra
es aún posible, qué hermoso fue imaginar que volábamos
en una cápsula, pasando todas las fronteras de la amistad,
y con los ojos anestesiados
no sabíamos qué cosa dejábamos atrás,
el mundo, una esfera de bazar perfecta, revocable
—la taza rota cuyo pegamento
el té disuelve día a día.
La comunidad científica no puede saber exactamente
si sobrevive la famosa bandera blanca en el espacio
o si la devoró una constelación carnívora:
es como pensar en la vida antes de Cristo, dijo uno.

Imagino la vida antes de la oferta
de estos pequeños cactus decorativos.
Las esporas atraviesan continuamente
un horizonte, desde la ventanilla del avión
vimos las casas y los autos en su momento cabizbajo
como panteones en ruinas.

En unos años, podría hacerte alguna sugerencia
sobre hasta qué precio vale la pena pagar,
pero en el comienzo de toda fortaleza subterránea existe un límite
que cruzamos sin mirar
(por eso creemos que se trata de un regalo).

Cuando allá, del otro lado del océano,
eran las cinco de la tarde,
recordabas decirme por teléfono
buenas noches.

de La taza rota,
(Liliputenses, 2020).

Primer acto. La transformación

Dice:
Papis,
¿se arruinarían
la vida
otra vez
por mí
o ahora
es mi turno?
Fue a un lugar
para no regresar nunca.
Un restaurante chino.
Papis,
si me crecen
los dientes,
plumas blancas,
¿es normal?
¿o es la comida?

Traspasa el vestido fantasma de su madre:
la toca.
Es la medida
apropiada de rigor.
“Soy de carne y hueso,
ya que nunca te acordás de mí”

Televisor Tubo 14 Philips y los muertos

Aprendió todo a los golpes; la felicidad se parece a hablar un poco más alto, y está triste por una interferencia. A veces, pasará algo que no pueda reconocer, y que los demás tampoco puedan reconocer.

Porque la felicidad no es felicidad, y la tristeza no es tristeza, y hay quienes se casan igual. La ropa en la cama finge ser una persona pero no lo es.

Cuando los muertos recuerdan su infancia

Este muerto sí que recuerda su infancia: «En el centro de la habitación hay un elefante. Las cortinas, a su izquierda. A los pies, la alfombra. A sus espaldas, la puerta. A la cabeza, el techo, y pasando el techo: no sé».

Un muerto, con la imaginación de un muerto, no se aparece en otra propiedad.

Se gana la vida con recuerdos: ni mejor ni peor que antes.

«No», se corrige después. «Esta pared no va hacia la puerta, la entrada está del otro lado», me dice, tanteando cierta precisión, y eso que tiene las mismas manos desde ayer. «Una impresión a color», continúa, «sí, sí, doble faz».

Escuchar las gotitas de lluvia entre los árboles era pensar cachorros en cajas. Y dejarlos. Antes su memoria adivinaba quién se escondía en el placard, aunque no dijese nada.

Inéditos.

Florencia Madeo Facente (Buenos Aires, Argentina, 1992). Es profesora de Filosofía y de español para extranjeros. Publicó Una ciudad en silencio en Celofán I, antología de poetas jóvenes (La Carretilla Roja, Buenos Aires, 2018) y La taza rota (Liliputienses, España, 2020). Asistió al taller de Paulina Vinderman y de Daniel Durand.