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Atisbos de literatura iberoamericana actual

La Tierra dormida (1969)
Ilda Cádiz

Con un último esfuerzo el hombre logró mover los ojos para contemplar la vastedad blanca a su alrededor. De la Base Antártica Presidente González Videla alcanzó a distinguir el mástil con la bandera chilena agitada por la corriente de frío que subía del hielo y las estructuras de las antenas de telecomunicaciones y video. La nube de hielo lo sorprendió en el hueco de una caverna y por ello no quedó congelado de inmediato. Ante sus ojos espantados, la enorme masa, cuyos reflejos irisados le habían parecido tan hermosos minutos antes, se desprendió de súbito del vacío y cayó como una plancha sobre la tierra de O’Higgins, cubriéndola con una gruesa capa de hielo.

El desplazamiento del aire gélido llegó hasta el hombre y lo azotó como un choque de láser. Tuvo un pensamiento de pesar. No quería morir. Era joven aún. En una era en que el promedio de longevidad alcanzaba a ciento cincuenta años, sesenta representaba la juventud. Habría podido hacer más todavía. Se consideraba en la plenitud de su vigor físico y su realización como meteorólogo no defraudó los planes que para él habían trazado «Los Diez» desde su nacimiento.

Pero aún toda la sabiduría de «Los Diez» no había logrado prever el aniquilamiento de la raza humana por los bloques de hielo que comenzaron a caer después de las granizadas.

Fue tan rápido todo. El día comenzó espléndido, como puede serlo un domingo de enero en el paralelo 64, con el cielo azul vibrante contra el cual se recortaban algunos estratos compactos en el horizonte, las montañas nevadas de caprichosas formas a un costado y la superficie de hielo que no era blanco sino azulado o verdoso casi en los tonos del ópalo y de un brillo bruñido que hería los ojos.

De pronto, el minúsculo transistor debajo de su gorra comenzó a chicharrear urgente y el hombre escuchó los gritos de horror de los radio-operadores de las demás bases.

— ¡Nos estamos congelando! ¡Nos estamos congelando!

Luego, un solo estrépito que fue apagándose lentamente.

El hombre comprendió que, clínicamente, ya estaba muerto, convertido en una estatua de hielo a la entrada de una caverna antártica, pero las células de su cerebro seguían produciendo pensamientos. Unos segundos más y ellas también se dormirían. Pero entre tanto él podía desear no estar muerto sino dormido, volver a despertar, como fuera, sentir de nuevo la nieve, el aire cortante, la tibieza del sol de verano y contemplar otra vez los líquenes entre las grietas o hasta un pequeño brote de flor.

Volver… aunque fuera como una brizna de musgo, ¡pero volver!

Solo mil años permaneció congelada la Tierra. Como si dijéramos un par de horas en comparación con los 50 y 70 mil años que duraron las anteriores épocas glaciales, pero en esas horas la humanidad entera quedó enterrada bajo 500 metros de hielo.

El advenimiento de una nueva era glacial estaba considerado por los sabios dentro de un millón de años, basándose en el fenómeno anterior. Sin em

bargo, la acción de elementos extraterrestres en la ionósfera y en la exósfera provocaron la alteración de la atmósfera que se encontró recargada de partículas meteóricas, desechos de las grandes batallas entre naves cósmicas, terminando por ceder, produciendo primero las lluvias, cada vez más frías, que se convirtieron en trozos de granizo y, por fin, en extensos bloques de hielo.

Lentamente la hecatombe fue aquietándose y la Tierra se durmió bajo la coraza azulada. De tanto en tanto, naves de otros mundos traían exploradores y aventureros que hacían perforaciones, recogían muestras y las llevaban a sus laboratorios para investigar las posibilidades de vida.

Pero —aún entonces— las exploraciones se concentraban en el hemisferio boreal o el ecuador, descuidando los polos, seguros de que allí, más que en otro punto, tardarían en recuperarse las condiciones propicias.

Por eso la figura del hombre a la entrada de la caverna en los alrededores de la Base Presidente González Videla permaneció siglos en su posición erguida, los ojos abiertos fijos en donde una vez flameó la bandera de Chile.

Poco a poco, esta escafandra fue desintegrándose a medida que la presión en el núcleo de la Tierra, aplastada por billones de toneladas de hielo, generaba energía que buscaba salida por cualquiera grieta, cambiando la temperatura de la superficie. El estallido de los volcanes comenzó a turbar el silencio blanco, el hielo fue reblandeciéndose y en el Polo Sur volvió a oírse el crujido de los glaciares al quebrarse en icebergs que ya podían reanudar sus deambuleos por los mares.

Llegó el día en que un golpe de brisa tumbó de bruces la figura del hombre fuera de la caverna y sus restos —challa multicolor— se desparramaron sobre la superficie, cayendo algunos en las pequeñas grietas o deslizándose otros por la pendiente hasta hacerse polvo que los siglos siguientes fueron asimilando al hielo.

No recordaba haberse quitado el gorro de piel, pero tuvo la sensación de no llevarlo puesto ahora. Lo supo porque sintió la frescura seca del aire en un mediodía de sol de su querida Base. Tal vez, al ir recobrando la conciencia instintivamente se lo quitó.

Otros recuerdos afloraron. Recuerdos venidos de lo misterioso: su primera sensación de frío al emerger del vientre materno y el fuerte grito que lanzó provocando la risa de los que asistían a su nacimiento.

Como entonces, ahora quiso gritar. No pudo. Sus cuerdas vocales parecían dormidas aún. Ya volvería el movimiento a todos sus miembros pues sentía fluir la vida dentro de él, cada instante con más fuerza, empujándole hacia afuera, incitándole a buscar una salida.

Intentó incorporarse y no lo consiguió. Trató de mover los brazos y no pudo. Hizo lo posible por abrir los párpados y se encontró ciego. ¡Ciego! No, no estaba ciego puesto que veía el centellear de la nieve alrededor suyo y distinguía la sombra oscura de las montañas de los Antartandes. No tenía párpados. Tampoco tenía boca, brazos o piernas. Estaba pegado al hielo, pequeñito e indefenso, muerto como hombre y sin embargo vivo. Se sabía vivo porque podía recordar toda su vida de hombre. Desde que nació hasta ese último pensamiento antes del cataclismo: «¡Si pudiera volver… aunque fuera como brizna de musgo en el hielo!».

Eso era.

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