saranchá

Atisbos de literatura iberoamericana

HENRY MOLANO

Un relato estremecedor, breve, al hueso. Las marcas de la violencia en cada una de las pocas acciones que ambos personajes realizan en el minúsculo espacio de una casa asediada por disparos. Una triste escena que se repite en distintos rincones de América Latina. Si la literatura tiene alguna utilidad es la de denunciar; pero la maestría está en denunciar a partir de un lenguaje cuidado, estético, en donde cada punto pareciera emular los golpes del corazón. Porque la literatura es ante todo cuerpo, y aquí ese cuerpo se derrama en cada una de las frases.

Lo sabes

Crees que es la lluvia repitiendo un nombre en la ventana, por eso la abres y te plantas a esperar a que el viento te limpie el rostro. Yo escucho nuestros nombres pronunciados por bocas de cañones y tengo miedo de mirar por una hendija siquiera.

Dices que afuera hay raciones innumerables de felicidad para ti y para mí. Lo has repetido sin cansancio desde que sonó el primer disparo. No podría decir que sea esa felicidad la que quiero, salvo que deseara esta dolorosa vida fuera de mí. Insistes y abres la puerta para salir en medio del polvo que se levanta y del ruido. Yo te pido que la cierres. Ciérrala, por favor, que nos van a llenar de plomo. Cierra, te lo pido.

Te quedas quieto, pasmado, diciendo que el sol está saliendo y que te gusta sentir el calor en la espalda, que vas a ir por las botas y una mochila para subir con la Mona hasta donde están las heliconias y de paso traerás unas mandarinas dulces, que el jugo es delicioso a esta hora, con el olor de la lluvia que se ha ido evaporando al calor de la tarde. Yo en cambio ya no puedo quedarme quieta. Voy a rastras por un chal y por los machetes. Sé que no están lejos. Si llega la noche no quiero que me dé frío en la espalda. Y si se meten, que al menos les duela haber venido hasta acá.

Preferiste ir a la cocina. Yo te miro incrédula porque a mí el pavor que me tenía inquieta ya no me deja moverme. De momento, no disparan y decides hacer café dizque para que nos sentemos en las sillas del portón, con Cusumbo y la Mona, ahora que salió el sol. Con el silencio logré levantarme y andar. Sí, quiero café, gracias. Ponle canela, por favor. Tú me miras con la misma sonrisa dulce que tienes cuando hacemos el amor y entras en mí, mientras me abrazas. Yo no puedo entender lo que piensas. Me tiembla la boca, la quijada; se me enrojecen los ojos; estoy a punto de llorar. Voy contigo a la cocina para abrazar con mis manos la taza de café.

Te asomas por la ventana y dices que ya va a empezar a salir la niebla suave porque el sol está fuerte. Te ruego que no te asomes a la ventana, por dios, que no te asomes. Que nos quedemos sentados en la cocina y recemos para que de pronto estén Ramiro o Mariela por ahí y nos vengan a ayudar. Te pones a hablar del día en que se llevaron a Ramiro para un lado y dices que él debe estar ya reinsertado en la ciudad y ni se acordará de nosotros. Yo creo que sí nos recuerda, como Mariela, que la otra vez que pasó con la tropa nos hizo avisar para que fuéramos ese día al pueblo y no tuviéramos que darles nada.

Escucho de nuevo los disparos. Tú dices que volvió a llover, que siquiera hicimos café caliente y no jugo para la sed. No encontré el chal, pero quiero ponérmelo, como si fuera a protegerme de una esquirla al menos, te digo. Vas tranquilo a la pieza y sales con él, ríes porque estaba a los pies de la cama.

Me miras mientras te tiemblan las comisuras. Te miro mientras te acercas y me arropas con el chal. Escucho un estruendo. Me dices que a Cusumbo y a la Mona les pasó algo, que los acabas de ver recostados de lado, con sus barriguitas y sus patas llenas de sangre, en la entrada de la casa. Te digo que los mataron, que fue hace rato, cuando empezó a llover. Te abrazo y te escucho sollozar. Me abrazas y te levantas por una cobija para salir a recogerlos. Te pido que no salgas, que nos quedemos aquí. Me respondes que al menos vivieron felices, que la Mona siempre te acompañaba hasta los platanales y en las noches le gustaba jugar con las luciérnagas ahí mismo, en la entrada, y que no había día en que Cusumbo no se echara panza arriba al verte entrar por la puerta, que hay que recogerlos y darles amor incluso en su muerte.

Te tomo de la pierna. Tú sigues sin hacerme caso. Solo me miras con los ojos llenos de lágrimas y vuelves a sonreír. Escucho que nos gritan, cada vez más cerca. Tú pareces no querer oírlos.

No sé quiénes son los que nos disparan. Hace unos días vinieron a decir que era mejor que le vendiéramos la tierra a don Pablo. Ni sé quién será ese señor. Tú tampoco lo sabes. O quizá lo sepas y por eso quieres dejar este jodido mundo antes de tener que irnos a mendigar en el pueblo. Lo sabes, ¿verdad? Tú sí que lo sabes.

Henry Alejandro Molano Granados (Tunja, Colombia, 1979). Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia, en donde cursa la maestría en Escrituras Creativas. En 2001 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Universitaria; en 2005 publicó Otra revisión de la tarde (Colección Viernes de Poesía, Universidad Nacional de Colombia), y en 2021 obtuvo el primer puesto en el Mundial de Escritura organizado por la escuela de escritura de Santiago Llach, en Argentina. En los intermedios, ha trabajado en proyectos de lectura, escritura y bibliotecas en Colombia y actualmente hace parte del equipo organizador del Concurso Nacional de Escritura Colombia, territorio de historias. Lo más admirable es que lucha incansable por el sueño que tiene (así, en singular).

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