# 05

manuel boher

El esclavo, el niño y el noble.

Tres perspectivas sobre la imagen en Roma.

1

La orilla de los caminos no le pertenecía a nadie. En la Roma del siglo segundo, era trivial que una doble hilera de grafitis cerrara la vía de salida de cada ciudad. Grafiti funerario, cincelado o escrito con pasta de carbón. Una libre publicidad de voluntades, en epitafios que recuerdan al viajero la opinión del difunto. Uno dice: He vivido mezquinamente toda mi existencia, por eso les aconsejo vivir en el placer. La vida es así: se llega hasta aquí y ni un paso más. Los muertos advierten lo mismo en varias pancartas. La misma lucha vital en contra de las decepciones, a las que se opone el placer o el arrepentimiento, entre veredas, en carteles parados en esa orilla de un camino que no es de nadie. La tumba se abre al mundo en un rótulo, y los muertos recomiendan licencia o contención, siempre: censuras o excesos.

Pero la inscripción de esta pose funeraria empieza en vida. Una posibilidad de estilizar los errores para desactivarlos. Cenando, cada comensal lee en voz alta el epitafio que ha elegido, y entre todos se ayudan a mejorarlo. En ellos, el placer aparece ante el romano como una guía que pautea las palabras del mensaje; el tono y el grado de ese arrepentimiento, que los enorgullece.

En una sátira de Horacio (II, 7), su esclavo Davus hará una tipología de estos temperamentos. Habrá romanos, dice, que disfrutan de sus vicios sin dejarse desanimar, y quienes van a la deriva, tentándose por ellos hacia el mal. Habla de que el notable Volaneiro mantuvo a jornal a un hombre que le recogiera los dados, porque de tanto tirar el cubilete al apostar se había provocado una lesión. Esclavo de su placer, Volaneiro. Ahí la imprecación de Davus a su amo Horacio: también él era dúctil a cualquier poder: al adulterio, a los banquetes y a la fama. Él, amo, era también esclavo.

Es conocida la censura al vicio en la que se oculta una censura de la percepción. Pronto el pecado será el principio de un nuevo vocabulario: la antigüedad tardía verá transformar esta tensión en los primeros vectores de un cristianismo primitivo. Arte y deporte de la autocensura que, a punta de revisiones policíacas de uno mismo, aflorará en el inventario torpe y atrofiado de esa intimidad que antes no existía. Eso es lo interesante. Si la praxis de la contención romana fue dura, la contención mental de los siguientes siglos se mostrará contradictoria e imposible. Olores e imágenes que existen fuera, crearán poderosos centinelas que les franqueen el paso al edificio interior, cuando es tan latente su amenaza que basta girar el cuello para meterlas dentro.

“Cuando te quedas absorto ante un cuadro de Pausias” dice Davus a Horacio, “¿hasta qué punto yerras menos que yo, cuando de puntillas admiro los combates de Fulvio, de Rútuba o de Pacidetano, pintados con minio y carbón?” Pausias, cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural, fue el primer romano en pintar un animal de frente: un toro negro sobre un fondo blanco: el primero en vivificar con cera el pigmento. La pintura de minio que el esclavo admira, es un cartel del barrio rojo en Roma: una publicidad de gladiadores que lucharán el findesemana. Una imagen más baja que los dioramas que Platón ataca en la República.

Horacio se ríe -como uno de estos héroes de Plauto que pregunta “¿Es que ahora los esclavos también se enamoran?”-, y termina con la saturnal de Davus, levantándole la vara. Pero los juristas no se ríen. Entre ludopatía, enamoramiento y fanatismo; ese gusto excesivo por la imagen publicitaria, por el grafiti funerario, era uno de los defectos que estaba obligado a declarar un mercader de esclavos. La imagen era una amenaza verdadera, una fuerza poderosa.

2

La Matanza de los Inocentes es a veces entendida como un hecho histórico. Es cierto que, durante el reinado de Herodes, subieron rumores que anunciaban el nacimiento de un rey.

También es cierto que por esos años fue visible el Cometa Halley. El mismo que pasó en 1988; y en el año 1301, cuando los Scrovegni contrataron al Giotto para pintar su capilla. El cometa dejó una impresión tan fuerte en el pintor, que llegaría a empastarlo sobre la imagen del pesebre, convencido de que se trataba de la verdadera Estrella de Belén.

Atendido el rumor, Herodes manda matar a todos los niños que no hubieran cumplido aún los dos años, según el Evangelio de Mateo. Tropo bíblico o costumbre del pasado de la que nunca podrá separarse antecedente de folclor. Pero, realmente ¿cuánto valía un niño en el Imperio? ¿qué significaba? En el año 19, a propósito de la muerte temprana del príncipe Germánico, varios padres abandonaron a sus hijos en las puertas del templo como protesta a los dioses; en Roma, había basureros que periódicamente recibían a los hijos del adulterio; y en el Foro, tras el asesinato de Agripina por Nerón, un desconocido expuso a su recién nacido bajo un cartel que rezaba: “no quiero criarte, si nacerás para estrangular a tu madre”.

¿Qué era, exactamente, un niño en el Imperio? En los Anales de Cornelio Tácito, Nerón es constantemente comparado con un niño, un infante terrible. Emperador plebeyo, dictador fascinado, como el esclavo de Horacio, por las imágenes y los juegos de ingenio. Pero a Nerón ya no le atrae el cartel o el diorama, sino la lúbrica tecnología de su época. La primera ciencia. La ilusión de ver en un mapa, por ejemplo, el temperamento de una región; de ver en un acueducto que cruza la selva, la conexión entre dos núcleos lejanos. Entre los juristas se hablaba de un ethos que hoy llamaríamos renacentista: a Nerón lo llamaban artifex, despectivamente: un artista ingeniero.

La fascinación del artifex en Roma, corresponde a una visión de mundo hoy fatigada. Cuando conseguía levantarse un puente sobre un río, que vivía en el folclor por provocar muertes; el puente aún se entendía como un hecho aislado y no como el episodio de una progresiva conquista del mundo mediante la ciencia. Era una victoria individual del puente contra el río, del canal contra el istmo: la síntesis del mapa somete la grandeza del terreno. El circo conocido de la physis: el mismo motor del artifex es el de una naumaquia, del gladiador que mata elefantes, cortándoles la trompa.

Nerón adquirió esta sensibilidad de Calígula, su padre. Juntos cortaron el istmo de Corinto, y usaron sifones, para estirar acueductos entre ciudades. No era dar a la ciudad agua corriente, sino ver y oír circular agua por carreteras aéreas en plena selva. Como Tales, cuenta Plutarco, quien calculó el tamaño de la pirámide de Keops usando la sombra de su bastón como referencia. Su intención nunca fue la de inscribirse en la matemática normal, sino la de vincularse con altas potencias, descubriendo números mediante el reverso de su signo central: si la pirámide responde al sol, solo la sombra revelará sus secretos. Una victoria trágica.

El coloso que erigió Nerón de sí mismo fue decapitado a su muerte. Marcial cuenta cómo los elefantes de Vespasiano trajeron una corona para sustituir la cabeza de Nerón por la del sol. Durante mil años fue movida, saqueada y restaurada. Antes del gran cisma de 1054, las partes del coloso fueron transferidas al Coliseo, donde alguna vez se debatieron hombres y bestias, en ese pequeño teatro de la naturaleza.

3

Antes de Nerón, según Vitruvio, la gnomónica -ciencia que mide la trayectoria del sol en el horizonte- tuvo su quinquenio dorado. Sus maestros competían por producir los cuadrantes más complejos, precisos y bellos para la casta notable romana. Plinio describe el Obelisco del Campo de Marte, reloj de inspiración egipcia que se erige en el reinado de Augusto, al que pocos años después, un matemático del emperador agrega una bola en la punta, para hacer más precisa su sombra. Esta bola, cuenta Plinio, tenía la forma de una cabeza humana.

Poco antes de que Nerón tomara al trono, el Obelisco del Campo de Marte había dejado de funcionar. Es uno de los misterios clásicos de la gnomónica antigua. Plinio teoriza si fue descalibrado por los sismos, o hundido por las aguas del Tíber. La gnomónica llega a plantear si la tierra no cambió de tamaño: como si la información del Obelisco comprobara un gran cambio, antes que su desajuste. El problema del Obelisco termina en Nerón, quien manda construir cuadrantes en cada plaza del imperio, poco después del desajuste.

El proyecto nunca se llevó a cabo. Los juristas se opusieron a la propuesta de Nerón, bajo el argumento de que no se gobierna con ingeniería, sino con urbanidad. Pero si pensamos en el corte del Istmo o en los sifones, queda la sensación de que la censura es más bien de un orden valórico. Oponen ingeniería a urbanismo, de la misma forma en que Platón opone poesía a política; pintura a filosofía. Lo que se censura es la inclinación de Nerón por la imagen. El problema del cuadrante solar es un problema estético, y cabe preguntarse, entonces ¿qué entendían los juristas por urbanismo?

El arqueólogo francés Thébert rescata tres casos que contradicen cualquier pretensión de progreso civil y urbano en la civitas africana. Las ciudades de Cuicul, Volubilis y Timgad fueron edificadas en un primitivo proceso de gentrificación, donde se construyeron templos y municipios; derribados una vez las lujosas mansiones concluyeran obras. Las ciudades gozaron a cabalidad del apoyo imperial, sin impuestos. La planificación que los urbanistas exigen a Nerón, en África muestra el vicio propio, proverbial, de la verticalidad y la avaricia.

Estas mansiones crecieron lejos del sentido romano de honor y vergüenza que tipifica el esclavo de Horacio. Semillas del árbol imperial, que desarrollan ahora sin barreras los genes del exceso. Todo, tras la cortina de la Historia de Plinio, donde se describe al África proconsular como una llanura de dragones que se emborrachan con sangre de elefante. Apuleyo, en cambio, las describe en sus Metamorfosis, llenas de almuerzos en platos eróticos, esféricos y apezonados, movidos por ángeles coperos, rubios y jóvenes.

En excavaciones realizadas en lo que hoy es Argelia, Thébert descubre los más largos peristilos -galerías columnadas que dan a un patio interior-, y los más amplios triclinios -comedores decorados donde se cena acostado; nombre mal atribuido, por sinécdoque, a los divanes que lo poblaban-. Ambas instancias, peristilo y triclinio son quizás las figuras más insignes de la arquitectura latina. Aquí aparece un peristilo de cien metros. Un triclinio con una laguna interior, cuya bomba renueva peces directamente de un mar lejano.

En las paredes se imprime el lujo en forma de xenias: pinturas decorativas que son consideradas un antecedente directo de los bodegones y que a su vez se inspiran en las pinturas egipcias de comidas y bebidas. El arquitecto latino Vitrubio las explica como una representación permanente de los obsequios que el anfitrión ofrece a sus huéspedes. Además, se dividen y reparten en el triclinio según la rueda de las estaciones, dando cuenta del ciclo de los cultivos. Así suscriben a los motivos paganos que enriquecen la imaginación del carnaval, y que más tarde ofrecerán un suelo seguro para el imaginario católico: sobre todo en estos xenias, que mezclan la imagen pagana de la cosecha del grano, con las señales de ofrenda de la costumbre notable.

El poeta Ennio, según Apuleyo, dice haber visto xenias en los que un pez se pinta acompañado de su río de origen, sus conductas y las preparaciones y salsas que más favorecen su sabor: como si estas pinturas lujosas en realidad copiaran la publicidad de un restorán de caleta. La de los juristas es una urbanidad vulgar y llena de imágenes, porque esa sensibilidad que los esclavistas debían declarar a sus compradores, en realidad es un vicio inherente. Igual que en las obsesiones de Nerón o en la diatriba de Davus, donde el siervo se iguala al amo; somos todos esclavos de esa imagen que siempre consigue entrar.

Manuel Boher (Santiago de Chile, 1999). Licenciado en Literatura Creativa (Universidad Diego Portales), ha ganado el Premio Roberto Bolaño (2020, 2023), fue becario del Fondo del Libro y de la Fundación Pablo Neruda. Autor de Publiguías (Overol, 2021) y Colima (Overol, 2024). Escribe crítica en Revista Santiago y prepara un libro de ensayos sobre Roma.

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