GRETA MONTERO barra

Partera
(del libro Yo no soy esa, Ed. Aparte, 2023).
—¿Vienes a devolverme mi cuchillo, Zanahoria? —dijo ella mirándolo de reojo. Se le ocurrió que el pelirrojo tendría ganas de golpearla, pero no mostraba signos de ira. Se veía impenetrable, con unos ojos serenos e indiferentes.
Hace unas horas, el pelirrojo le había arrebatado el cuchillo. Ella había intentado matar a una liebre que le había costado coger, pero cuando debía romperle el cuello y despellejarla, dudó demasiado. Sintió el calor de la liebre entre sus manos, la suavidad del pelaje y se le clavó en la pupila el terror del animal. En lugar de romperle el cuello lo soltó y, entonces, Cabeza de Zanahoria atrapó la liebre en dos segundos y le rompió el cuello en un instante, drástico y eficiente. Luego le quitó el cuchillo que le colgaba de la cintura y le arrancó la piel en un solo movimiento, ante la mirada silenciosa de ella, que se sintió inútil y estúpida. Él no le hizo ningún comentario al respecto, ni siquiera la miró directamente y esto le pareció un tanto grosero y un tanto conveniente a Mireya. Después el pelirrojo desapareció como si nada. Mireya recordó la desesperación de la liebre entre sus manos y sintió vergüenza. La embargaba una sensación de ridículo, pero necesitaba el cuchillo de vuelta porque era de su esposo.
Cabeza de Zanahoria había vuelto con uno de sus hombres, un pehuenche que siempre lo acompañaba como si fuera su sombra. Cuando se hubo alejado lo suficiente Mireya abrió los ojos y se desperezó, se puso en pie y emprendió la marcha, no parecía molesto. El hombre a su lado, por su parte, tenía el rictus duro de siempre, pero se veía particularmente agotado. Ella iba por el camino a pie, con el caballo descansando a su lado solo con el peso del saco donde llevaba ropa y algo de carne seca.
Miró a Cabeza de Zanahoria, se veía que tenía la capacidad de disimular sus pensamientos. Alargó la mano con otras dos liebres muertas y el cuchillo limpio. Ella lo recibió todo sin mirarlo.
—Le he traído de comer, señora. Ahora le pido que vaya con él, la necesitan allá arriba de nuevo — le dijo él.
Se detuvo en seco y lo miró a los ojos afirmando bien ambas piernas en la tierra, luego desvió levemente la cabeza y miró al hombre de reojo, con desconfianza.
El pelirrojo agregó entonces:
—No tiene malas intenciones, señora. Es un hombre muy devoto a su esposa. Es ella, su mujer, a quien tiene que atender.
—Por supuesto —respondió ella, imitando la misma cortesía— pero me temo que te han informado mal. Dudo mucho que pueda ayudar a su esposa, si es que ella está enferma. Sé lo que se dice de mí, pero era mi esposo el que sabía de medicinas y ya está muerto. Apenas aprendí de él muy poco. Dudo que pueda ayudarla. Aunque la veré, si lo deseas; si es que ella está cerca. La mujer del hombre no estaba cerca, pero el camino era hermoso y se distrajo con las quebradas. Alto Bío Bío le llamaban a esa zona. Debían llegar a Trapa Trapa, a unas pocas horas de la frontera con Argentina. El río era fuerte y congelaba como cuchillo, la vista de él entre las quebradas era tan estrepitosa que daba ganas de llorar. El hombre no decía casi nada, a veces mascullaba instrucciones del camino para ella, pero en esa lengua extraña que
no entendía. Los pehuenches deben tener sus propias parteras y su propia medicina, pensó ella, conforme subían y subían sin parar. El camino era a veces tan enrevesado que el caballo rezongaba y prefería bajar y atravesar caminando.
Cuando llegaron a la casucha del hombre, Mireya entendió el problema y suspiró temerosa de las horas por venir. La mujer morena, de cabellos negros y trenzados, estaba agotada por los esfuerzos y se veía mal. A Mireya le pareció increíble su resistencia, con tantas horas de lucha ya debería estar muerta. Inmediatamente supo que el bebé estaba en mala posición y quizás él sí estuviera muerto.
La mujer estaba acompañada por dos mujeres más, una anciana y una joven. Ambas parecían afanadas manteniendo un fogón y preparando unas tortillas de harina de piñón. Chiquillos jugaban por afuera de la casucha correteando unos gatos negros, todos iguales, de orejas en punta, cuerpo delgado, estilizado. Otra mujer iba por el faldeo del cerro hablando en su lengua con un chancho. El chancho la seguía como si fuera un perro.
Los hombres estaban afuera de la casucha, a varios metros bajo la sombra de un sauce llorón. Se reían y hablaban animadamente, todos tenían la cara lampiña y el cabello liso, negro, sin canas. Vio a uno de ellos sacándose los pelos de la cara con una pinza mientras conversaba.
Hizo lo que sabía, volteó al bebé moviendo el vientre de la mujer. Luego, como no había dilatado lo suficiente, empezó a dilatarla con los dedos. Lentamente.
—No te preocupes, he hecho esto muchas veces —mintió Mireya para tranquilizarla. La mujer no parecía entenderle.
—¿Hablas cristiano? —Ella no respondió. Prefirió seguir haciendo su trabajo.
Tuvo que sacar al bebé con la ayuda del padre. Cuando la mujer hizo un esfuerzo por pujar, ella le ordenó que usara todas las fuerzas de sus brazos y le aplastara el vientre desde los senos hacia abajo.
Se lo dijo así, en español y el hombre obedeció, así que era obvio que entendía todo lo que decía, pero no le interesaba comunicarse con ella. Notó, por los ojos temerosos de él, que pensaba que estaba matando a su mujer, pero después de tres intentos el bebé salió. Mireya levantó al bebé y luego a la placenta como un trofeo en el aire, se sentía orgullosa de lo que había hecho.
Sorprendentemente el bebé estaba vivo y en buen estado. Las mujeres estaban felices, le agradecían tomándole las manos y abrazándose entre ellas. La más vieja comenzó a cargarle el caballo con tortillas, huevos, una gallina desplumada. Después de limpiar al bebé con meticulosidad, revisar sus fosas nasales y la boca, pudo verlo bien. Tenía unos ojos grandes y muy abiertos.
Se supone que los bebés son ciegos al nacer, pero este parecía estarla viendo directamente a los ojos. Cada ciertos momentos lloraba con pequeños estertores. Lo abrigó y lo puso sobre el pecho palpitante de la madre mientras terminaba de arreglar todo. Le sorprendió entonces ver cómo observaba el rostro cansado de la madre, reconociéndola, estaba segura de que la reconocía, porque apenas lo dejó sobre ella se tranquilizó y no emitía ningún sonido.
Un rictus de satisfacción se dejaba ver en Mireya, entonces el hombre le agradeció en su lengua y agregó en español:
—Usted todavía es joven, puede conocer a alguien y tendrá sus propios hijos. Mireya se puso en cuclillas frente al fuego y le dijo con convicción:
—No te engañes, ¿no has visto lo que ella ha sufrido? Cuando los bebés nacen, la mujer piensa que valió la pena. Luego el amor le hace pensar que sigue valiendo la pena —lo miró de costado —ese es el engaño.
El hombre le respondió en su lengua de nuevo, incomprensible, y se rió.
Greta Montero Barra (Coronel, Chile, 1986). Ha publicado los libros de poesía Dummies (Inubicalistas, 2013), Balada del Señor cuervo (Overol, 2026), Un día quemaré sus castillos (Overol, 2022), publicado también en España bajo el título La poesía acabó con nosotras (Liliputienses, 2022). En 2023 publicó el libro de cuentos Yo no soy esa (Aparte). Durante el año 2025 publicará su primera novela, Gruñona. En 2009 obtuvo el Premio Roberto Bolaño a la Creación Literaria Joven (categoría poesía, premio especial). Fue finalista del Premio Municipal de Santiago en 2023 por su libro Un día quemaré sus castillos. Es profesora y Doctora en Literatura por la Universidad de Chile. Actualmente ejerce la docencia en colegios y en la Universidad Diego Portales.