edwin morgan
trad. luis fraga locurto

Edwin Morgan (Glasgow, 1920-2010) fue un prolífico poeta, ensayista y traductor escocés y una de las figuras más destacadas de la poesía del siglo XX de su país. Morgan se convirtió en el primer Makar o Poeta Nacional de Escocia. Fue profesor de la Universidad de Glasgow durante tres décadas. Estudioso del lenguaje y políglota, tradujo al inglés a Marina Tsvetáyeva, Neruda, Eugenio Montale, Bertolt Brecht, Pasternak, Jean Racine, entre otros. Entre sus obras destacan los poemarios The Second Life (1968), The New Divan, (1977), Virtual and Other Realities (1997), A Book of Lives, (2007), así como su traducción del poema épico anglosajón Beowulf (1952), y The Play of Gilgamesh (2005), una adaptación al teatro en verso de la epopeya sumeria. Las lunas de Júpiter forma parte de su poemario Star Gate (Portal estelar), publicado en 1979.
Las lunas de Júpiter
Amaltea, Ío, Europa, Ganímedes, Calisto
Amaltea
Llevé un libro a Amaltea, pero nunca pasé de la primera página. Pesaba como plomo. Me acuclillé con él como una imagen gris martillada en la roca, leyendo, mirando sin ganas, releyendo sin ganas frases que nunca llevaban a nada. Mi propia memoria yacía paralizada junto con todo lo demás en esa luna deforme, arrastrada por la gravedad, atrapada en el polvo, aplastada, petrificada, y Júpiter, abarcando más de la mitad del cielo, barriendo frases a medio formar que nunca llegaron a nada. Mi lengua era una espiral de hierro, el planeta nunca oyó una palabra. ¿Qué dije allí? Mi propia memoria está paralizada. El libro también se ha ido —sé cómo empezaba, pero esa primera frase nunca llevaba a nada. «El tren local, con sus tres vagones, se detuvo en la estación de Newleigh a las cuatro y media…»[1] Las toneladas de páginas nunca se movieron, mis rodillas eran tumbas, y aunque el lento Júpiter deslizaba su paso, mi memoria de él está paralizada. La estúpida luna sigue girando. El tren local, con sus tres vagones, se detuvo en la estación de Newleigh a las cuatro y media, pero nunca llega a nada. Me rescataron con sus imanes, arrancándome de cuajo, como fragmentos dislocados de una mandrágora gimiente. El satélite sepultó el libro en su polvo.Ío
Cuando llegamos a Ío, las minas de azufre estaban en huelga. No puedo decir que me sorprendiera. Setenta y cinco personas acababan de ser asesinadas en la erupción más feroz jamás vista allí. Apenas reconocí el sombrío volcán con su nuevo cráter inclinado y un penacho de trescientos kilómetros de altura —como un fresno, dijo alguien—. Mientras tanto, el paisaje ardía, no es que nunca hubiera ardido antes, pero ahora era rugiente, extenso, cruel. Los ritos fúnebres fueron vacíos, aunque no indiferentes; no se encontró ni un solo cuerpo. La extraña flauta planetaria de los amigos en duelo —Dios mío, qué arte tan extraño, elevándose a tantos millones de kilómetros de casa en el aire crudo, delgado y ceniciento— fue el primer sonido que escuchamos al bajar de la nave. Vimos a los hombres en pequeños círculos, o caminando despacio con las cabezas inclinadas sobre los lechos de piedra pómez, o quietos y silenciosos junto a la orilla del lago rojo. Las sondas láser, los cinturones, la brillante consola yacían en la oscuridad, inmóviles, invadidos por el humo. El azufre soplaba hasta ahogar el alma misma. Buscamos más allá de los campos de lava, pero el mejor azufre es el más peligroso. El explorador planetario debe cargar con el dolor, grandes sacos de sufrimiento, en lugares sin más consuelo que el suyo propio y el que puedan traer los días y el viento.Europa
Botas y botes —en nuestros brillantes trajes naranjas éramos tan terrenalmente anticuados, que por poco parecíamos fuera del tiempo—. Aprendimos, o reaprendimos, a patinar y esquiar, a usar zapatos de nieve, a pescar a través de agujeros de hielo, aunque no buscábamos peces. Nuestras presas eran sonidos y muestras. Nunca podríamos medir en años, y mucho menos en semanas, el brillo y el juego infinito de la acuática Europa: aguas de corteza helada, aguas de hielo profundo, aguas granizadas, de cálidos manantiales subcorticales, aguas de vapor, aguas de agua. Un día, y solo uno, taladramos hacia algo sólido, tan duro y sólido que la cabeza del taladro chilló en el micrófono y se rompió, la película mostraba esquirlas de metal silbando contra bandas de basalto o contra un caparazón reluciente de tortuga antediluviana o contra el casco desechado de un minero titánico o — debe haber sido el chillido metálico lo que despertó nuestra imaginación, nuestro miedo y hasta nuestro deseo de recibir de vuelta un grito vivo. Ligeramente duerme la imaginación. En aquella suave luna los humanos se volverían locos de tanto soñar, siseando por los brillantes desiertos sin colinas, o escuchando el motor del bote romper la oscuridad como si una cortina pudiera correrse para dejar a los vivos ver (incluso) a los muertos, si es que alguna vez tuvieron vida, si es que no era esa la vida.Ganímedes
Galileo habría estado orgulloso de Ganímedes. ¿Quién puede llamar muerta a esa belleza marmólea? Cuencas oscuras extendiéndose hasta un litoral surcado, cráteres gigantes de rayos brillantes, vestigios y velos de hielo y nieve, negro girando en gris, gris surcado de verde, verdes disolviéndose en azules, azul pulverizado en blanco: un rey de las canicas rodado y colocado, de un lugar a otro. Nunca aterrizamos, solo fotografiamos y enviamos sondas desde la órbita; la turbulencia en Júpiter era extrema, no había lugar para demorarse. ¿Es belleza, minerales o conocimiento lo que buscamos en nuestras expediciones? ¡Vaya pregunta! Pero ¿es realmente una gran pregunta? ¿Es emoción, o poder, o comprensión, o iluminación lo que buscamos en nuestras expediciones? ¿Especímenes, experimentos, beneficios colaterales, fama, evolución o necesidad lo que nos impulsa a explorar? Estamos aquí, y nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos estarán en Júpiter, y los hijos de sus hijos en el portal estelar, dejando atrás el redil del sol. Recuerdo que cabeceé, dejé caer mis notas, con la imagen de Ganímedes danzando ante mí. Me dieron un codazo, sonriendo, dijeron que era un castigo por mis pensamientos errantes, ¿qué se me había metido en la cabeza? Ese satélite tenía hierro y uranio. Volveríamos. Bueno, eso debe estar bien, les dije bromeando; ¿pero tenía oro y asfódelos?Calisto
Rostro herido, cauterizado, lleno de agujeros y verrugas: tú ríes, boqueas, miras fijamente y alzas una oreja hacia nosotros con cráteres, todos ciegos, todos sordos, todos mudos, luna lomo de sapo, jaspeada, marrón y fría, nosotros avanzamos firmes sobre tus mares secos como piel de elefante y arrastramos los equipos de surco en surco, reproduciendo el registro de tu pasado, imaginando los valles enormes llenos de hogares intactos que jamás estuvieron allí hasta que plantamos tiendas de nailon: la radiación caía a toneladas, pero los días de meteoritos habían quedado atrás. ¡Desplegad los toldos amarillos, asombrad el polvo y el ocre! Frágiles y firmes como banderas, amueblamos la desolación. Ni siquiera el mayor cráter, excavado como si un continente lo hubiera golpeado, rodeado de crestas sobre crestas, que ondulan cientos de kilómetros sobre ese caos pizarroso, puede prohibir nuestros pies, nuestra búsqueda, nuestras canciones. Yo no canté; las colinas y fosas como tumbas me recordaron aquel sepulcro, hace mucho, en la Tierra, cuando un fuerte viento de Lanarkshire arrancó las lágrimas que los hombres quizá rehúyen mostrar, como si el otoño me diera el consuelo que yo me negaba, escuchando con vergüenza al sacerdote indiferente y a mis pensamientos, que nos dejaron enemistados. Estos recuerdos, y el amor, acompañan al explorador planetario en su deber y en su esperanza, de luna en luna.
The Moons of Jupiter
Amalthea, lo, Europa, Ganymede, Callisto
Amalthea
I took a book with me to Amalthea but never turned a page. It weighed like lead. I squatted with it like a grey image malleted into the rock, listlessly reading, staring, rereading listlessly sentences that never came to anything. My very memory lay paralyzed with everything else on that bent moon, pulled down and dustbound, flattened, petrified by gravitation, sweeping Jupiter's more than half the sky with sentences half-formed that never came to anything. My tongue lay like a coil of iron, the planet never heard a word. What did I say there? My very memory is paralyzed. The book has gone too - I know how it began but that first sentence never came to anything. 'The local train, with its three coaches, pulled up at Newleigh Station at half-past four...' The tons of pages never moved, my knees were tombs, and though slow Jupiter slid past, my memory of it is paralyzed. The stupid moon goes round. The local train, with its three coaches pulled up at Newleigh Station at half-past four, never comes to anything. They rescued me with magnets, plucked me up like dislocated yards of groaning mandrake. The satellite engulfed the book in dust.lo
The sulphur mines on lo were on strike when we arrived. I can't say I'm surprised. Seventy-five men had just been killed in the fiercest eruption ever seen there. I hardly recognized the grim volcano with its rakish new crater and a leaning plume two hundred miles high - like an ash tree, someone said. Meanwhile the landscape burned, not that it never burned before, but this was roaring, sheeted, cruel. Empty though not perfunctory funeral rites had been performed; not a body was found. The weird planetman's flute from friends in grief – my god what a strange art it is, rising so many million miles from home into the raw thin cindery air – was the first sound we heard when we stepped from the ship. We saw the men huddled in knots, or walking slowly with bent heads over the pumice beds, or still and silent by the bank of the red lake. The laser probes, the belts, the brilliant console sat dark and motionless, crawled through by smoke. Sulphur blew to choke the very soul. We prospected beyond the lava-fields, but the best sulphur's the most perilous. The planetman must shoulder sorrow, great sacks of pain, in places with no solace but his own and what the winds and days may bring.Europa
Boots and boats - in our bright orange gear we were such an old-fashioned earthly lot it seemed almost out of time-phase. We learned or re-learned how to skate and ski, use snowshoes, fish through ice-holes though not for fish. Soundings and samples were our prey. We'd never grade in years, far less in weeks, the infinite play and glitter of watery Europa, waters of crust ice, waters of deep ice, waters of slush, of warm subcrustal springs, waters of vapour, waters of water. One day, and only one, we drilled right down to something solid and so solid-hard the drill-head screamed into the microphone and broke, the film showed streaks of metal shards whizzing across a band of basalt or glimmery antediluvian turtle-shell or cast-off titan miner's helmet or – it must have been the metal scream that roused our thought and fear and half desire we might have had a living scream returned. Lightly it sleeps, the imagination. On that smooth moon men would be driven mad with many dreams, hissing along the hill-less shining wastes, or hearing the boat's engine chug the dark apart, as if a curtain could be drawn to let the living see even the dead if they had once had life, if not that life.Ganymede
Galileo would have been proud of Ganymede. Who can call that marbled beauty dead? Dark basins sweeping to a furrowed landfall, gigantic bright-rayed craters, vestiges and veils of ice and snow, black swirling grey, grey veined with green, greens diffused in blues, blue powdered into white: a king marble rolled out, and set in place, from place to place. We never landed, only photographed and sent down probes from orbit; turbulence on Jupiter was extreme, there was no lingering. Is it beauty, or minerals, or knowledge we take our expeditions for? What a question! But is it What a question? Is it excitement, or power, or understanding, or illumination we take our expeditions for? Is it specimens, or experiments, or spin-off, or fame, or evolution, or necessity we take our expeditions for? We are here, and our sons or our sons' sons will be on Jupiter, and their sons' sons at the star gate, leaving the fold of the sun. I remember I drowsed off, dropped my notes, with the image of Ganymede dancing before me. They nudged me, smiling, said it was a judgement for my wandering thoughts, what had got into me? That satellite had iron and uranium. We would be back. Well, that must be fine, I teased them; had it gold, and asphodel?Callisto
Scarred, cauterized, pocked and warty face: you grin and gape and gawk and cock an ear at us with craters, all blind, all deaf, all dumb, toadback moon, brindled, brown and cold, we plodded dryshod on your elephant-hide seas and trundled gear from groove to groove, playing the record of your past, imagining the gross vales filled with unbombarded homes they never had till we pitched nylon tents there: radiation falling by the ton, but days of meteorites long gone. Scatter the yellow awnings, amaze the dust and ochre! Frail and tough as flags we furnish out the desolation. Even the greatest crater, gouged as if a continent had struck it, circled by rim on rim of ridges rippling hundreds of miles over that slaty chaos, cannot forbid our feet, our search, our songs. I did not sing; the grave-like mounds and pits reminded me of one grave long ago on earth, when a high Lanarkshire wind whipped out the tears men might be loath to show, as if the autumn had a mercy I could not give to myself, listening in shame to the perfunctory priest and to my thoughts that left us parted on a quarrel. These memories, and love, go with the planetman in duty and in hope from moon to moon.
Notas
[1] Esta cita pertenece a la novela de Sphinx (1923) del escritor escocés David Lindsay, una obra que, al igual que su primera novela Viaje a Arcturus (1920), combina la fantasía y la ciencia ficción.
Luis Fraga Lo Curto (Caracas, 1989) es narrador, wikipedista y dibujante. Sus textos han sido publicados en las antologías Inventus (2022), Artificium (2024), El libro de los libros (2025), así como en las revistas Digo.palabra.txt (Iowa), Weird Review (Panamá) y Sinestesia (Colombia). Su primer libro, La tierra firme será publicado en 2026 por la editorial Lecturas de Arraigo en España.