adrián navarro

Cine de barrio
Los niños revoloteaban en torno a la mesa de squash, las maquinitas y el mini carrusel. Los padres de familia aguardaban su turno en la taquilla, consultando en su teléfono algún mensaje de WhatsApp, post de Instagram o video de Tik Tok. En la dulcería la parsimonia del gerente, un muchacho de fleco emo y pantalones skinny, contrastaba terrible con el rush que con más pena que gloria sobrellevaban las cajeras. La cartelera exhibía los blockbusters de la temporada: Sonic 3, Mufasa, Terrifier. Era miércoles, el día de Navidad, y estábamos por encima de los veinte grados.
El cine, alzándose cual espejismo sobre Avenida Conductores, cruz con Rómulo Garza, a inicios de los 2000 perteneció a Grupo Multimedios; ostentaba un escudo con forma de diamante y sus colores púrpura remitían a un delirio retrofuturista; los boletos de entrada eran de cartón y no de ese frágil y triste papel de los vouchers. En el 2010 había pasado de ser MMCinemas a Cinemex. Y en teoría fue remodelado. Porque dentro de sus salas continuó percibiéndose ese vestigio de infancia millenial con la cual hoy se lucra mediante remakes live action, reestrenos de películas y reencuentros de boybands. Era un cine de barrio, no icónico ni tan antiguo como el Raly, pero sí uno de los últimos complejos fuera de una plaza comercial.
Por ello el desconcierto de aquellas parejas y familias que una semana después del 25 de diciembre de 2024 intentaron consultar la cartelera en línea del Cinemex Las Américas. La página arrojaba un error, la sucursal no se encontraba en el catálogo de la cadena. Algunos acudieron directo al lugar. Ahí, les esperaba una hoja de máquina pegada a las puertas de vidrio, que decía: “...Queremos agradecerte profundamente por habernos acompañado a lo largo de los años. Ha sido un verdadero placer ser parte de tus momentos de felicidad y entretenimiento, nos has brindado tu preferencia, y por ello te extendemos nuestro más sincero agradecimiento…”
El último día que Yael estuvo atendiendo la taquilla fue el 30 de diciembre. Contempló la entrada, el área de juegos, las pantallas de horarios. Pronto todo iba a ser desmantelado. El personal sólo podía avisar del cierre si el cliente preguntaba algo en específico, por ejemplo, los vasos de Sonic; entonces les decían que sólo era posible conseguirlos en otras sucursales, que para el 1 de enero de 2025 Las Américas habría de fallecer.
Yael no atiende a rumores, sabe que los cines fueron golpeados muy duro por la pandemia. Me sentí medio triste. Fue sorpresivo, aunque no tanto. No había ya muchas ventas. Los dueños del cine no lo vieron ya como algo rentable, dice.
Yael recuerda algunas caras. Una pareja que le hacía chistes de doble sentido que él sí captaba y que sí le daban risa; una señora mayor de lentes; una familia con un hijo autista al que llevaban casi a diario. El día del cierre el padre les llevó una esfera con la palabra “autismo”. ¡Ay! —exclama con ternura Yael— un detallito.
En Facebook, antes de disolverse en el mar de desinformación, linchamientos mediáticos y memes, la noticia obtuvo unos cuantos me entristece, me importa, me divierte. Hubo quien argumentó que Las Américas era un atentado al progreso. Otros lo llamaron su “lugar seguro”. Surgió una breve rencilla sobre la crisis de la industria cinematográfica, alguien dijo que los altos costos han hecho del cine un lujo impagable para las familias numerosas, alguien más argumentó que aquello no es cierto, que de ser así Cinépolis, la competencia, no estaría rebosante de salud. Los comentarios me dieron un poquito igual y otros pues me los tomé con humor, porque yo ya sabía que iba a haber todo tipo de comentarios, de que “cómo voy a extrañar esa sucursal” y otros de que “ay qué bueno, ya lo sentía muy de la patada” dice Yael, adoptando un tono burlesco para esa última declaración.
Si te preguntas qué va pasar conmigo pues, ahora estaré en Pueblo Serena, en donde el transporte lo paga el mismo cine, comenta Yael. Tres meses después la sucursal que señala correrá el mismo destino que Las Américas.
Ahora, el cadáver color carmín de Las Américas se pudre bajo el sol de una primavera con calores de canícula. El cascajo del cine, junto a un KFC recién remodelado, frente a un extinto campus de la UVM, tiene a sus espaldas una tienda china, antes FAMSA. Algunos especulan que el complejo será una mini mall, un comercio de venta al mayoreo. De lo contrario sus salas se irán infestando de graffiti, ropa acartonada, tal vez pronto algún explorador urbano realice un “en vivo” para sus redes sociales.
¡Uy, yo vine muchas veces aquí! exclama una conductora de Uber al pasar por la sucursal abandonada, están pasando cosas muy raras ¿no? Tanto cambio, tanto cierre. Pero así es, así es esto… añade, y su voz se apaga lentamente, como esas canciones del siglo pasado cuyo último coro se torna un loop que resuena eterno en la cabeza del escucha. La pareja que ocupa el asiento trasero del coche mira por las ventanas, hacia la calma de un sector que padece la metamorfósis continua de cualquier ciudad. El cine se vuelve diminuto en el retrovisor, desaparece entre el tráfico y la gente que espera la ruta. No, no ocurre nada extraño, sólo la memoria precipitándose al olvido, al ocio de fin de semana mudando de ubicación geográfica, a las plazas colmadas de novedad, donde los adolescentes se reúnen después de la escuela, y se dan las primeras citas, y los niños montan dinosaurios eléctricos, y donde los escaparates resplandecen de maniquíes, sneakers, joyas, consolas y celulares, y la vida transcurre apacible hasta el próximo descalabro citadino, efímero como historia de red social, caduco, como algunos rituales de antaño.
Adrián Yithzack Navarro Hernández (Monterrey, México, 1992) es narrador y músico de folk y blues. Egresó del diplomado en escritura creativa de la escuela NOX. Ha sido publicado en el fanzine literario “Besitos de Lagartija” así como en “El Ventanillo”, espacio digital de la Capilla Alfonsina, UANL. Sus influencias tempranas incluyen a Jack Kerouac, Johnny Cash y Lucia Berlin. Correo electrónico: anavarro1104@outlook.com.
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