neo rincón

LA OBSTINACIÓN DE
LA PALABRA FOME
El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre.
Martin Heidegger
I
Esa noche nos tocaba hacer comedia en un bar de Rancagua. La micro que nos llevaba desde Santiago repiqueteaba contra el asfalto pidiendo jubilación, y pese a ello mi colega y yo estábamos sumergidos en una interesante conversación sobre la influencia de las letras en las palabras: la ch por ejemplo, decía mi compañero, tiene mucho poder para hacer reír; piensa en que El Chavo del 8, El Chapulín Colorado, el “se me chispoteó”… usan generosamente la ch. Y en Chile, continué yo, la ch no solo está en el nombre del país, sino también en una de sus palabras más usadas: chucha. Mi compañero, un chileno conocedor de la arquitectura de la comedia, me miró y luego se rascó la barba, como reflexionando sobre lo que acababa de decirle yo, un extranjero con pocos años en su país. Luego propuse que sería interesante pensar en la influencia de otras letras, como la f. Giró para verme de nuevo y cuando iba a dar su opinión ya habíamos llegado a Rancagua. Nunca más tuvimos la oportunidad de volver a conversar sobre ese tema.
II
La f tiene la versatilidad de la que carece la ch. La f es como el agua, que se adapta a cualquier forma de acuerdo a lo que la contiene pero asumiendo su papel con maestría, y siendo tan convincente como si hubiese nacido para ocupar solo ese lugar. De las veintisiete letras del abecedario, veintidós se pueden pronunciar solo con el uso de la lengua, para las otras cinco se necesitan los labios y para solo una de ellas, también los dientes: la f. Cuando la queremos pronunciar, la e aparece con facilidad de nuestra garganta, pero cuando iniciamos la pronunciación de la f los dientes superiores y el labio inferior, buscan encontrarse casi por obligación para que a su contacto, el poco aire que se escapa entre ellos arroje el sonido característico de la letra, para luego volver a rematar con una e. Tal trabajo ocurre solo para pronunciarla, y quizás eso explique por qué está presente en el menos del 1% del habla española, aunque en Chile, seguro un poco más.
III
En Chile, la obstinación con la que se usa la palabra fome estaría relacionada, en parte, no solo con que tiene una de las cinco letras labiales, sino dos: la f y la m. Solo decir esa palabra implica un esfuerzo corporal que no todo chileno está feliz de invertir, por lo que si se van a mover tantos músculos para soltarla debe ser no solo por estricta necesidad, sino con plena y absoluta intencionalidad, con odio y rabia en caso de ser necesario. Para bien o para mal, el músculo de la creatividad del pueblo chileno se ha ejercitado por siglos gracias a un actuar casi shakesperiano: si no tengo una palabra para expresar lo que siento, ni la adopto ni la adapto, la invento. Como cuático, de origen onomatopéyico, o sacoewea, de génesis indetectable. Por su etimología extranjera, fome es una excepción. ¿Bajo qué motivo el chileno se sentiría inconforme con la palabra aburrido? Pues porque el chileno es inconforme: aburrido no es suficiente, porque carece de carácter y amplitud, le falta insatisfacción. Aburrido es… aburrido. Pero fome, además que jode el solo hecho de pronunciarla, tiene una carga emocional visceral, llena de desacuerdos y críticas implícitas hacia aquello que se tilda de fome. El partido de fútbol no fue aburrido, fue fome, sin gracia, sin el menor esfuerzo por parte del otro en presentar algo medianamente decente para los hinchas. fome, po. El comediante no es que contó malos chistes, es que fue fome: invadió con sus premisas y remates el momento que vivíamos para teñirlo con su triste fomedad, y eso es por lo bajo, imperdonable.
IV
Se cree que su origen proviene de una liga paralela de fútbol brasileña, que al ser tan mala y sin anotaciones, los comentaristas catalogaron como fome, que significa ‘hambrienta’, por hambre de goles. Los comentaristas chilenos la trajeron a su país y el resto ya es sabido.
¿Y si no viniese del portugués?, ¿y si no estuviese relacionada al fútbol?
V
La prima nacional de fome es funa, que viene del mapudungún y significa ‘podrido’. El chileno no quiso adoptar escrache, de origen genovés y ya usada en países como Venezuela y Argentina; echó mano a lo suyo y fue popularizada a principios de los noventa por los familiares de los desaparecidos, que se iban a las casas de los torturadores impunes para exponerlos y saborear algo de justicia. ¿Y si fome tuviese un origen similar?, ¿y si su origen no fuese jocoso? Pero no lo es. La obstinación de la palabra, la poca paciencia que se emana en su uso y significado tiene que ver con un arraigado sentir chileno: la necesidad de exigir constantemente que merece ser respetado, escuchado y valorado. Un sentir hondo, inherente y enraizado que no calibra matices ni le interesa hacerlo, y que busca manifestarse ante cualquier oportunidad que se le presente, como un cántaro agrietado y lleno de agua que no se resigna a romperse, aunque por sus fallas escape el líquido, a veces mucho, a veces poco, pero en definitiva, a veces. Fome puede ser un mal chiste, y fome puede ser una funa.
VI
facho
Neo Rincón (Maracaibo, Venezuela, 1986). Obtuvo mención honrosa en Santiago en 100 Palabras en el año 2023 con el cuento “Morir de a Poco”, y ha estudiado literatura con profesores de diferentes países (Argentina, España, Chile y Venezuela). En 2024 realizó un curso de ensayo literario con la profesora Verónica Echeverría de la Editorial Odradek. También ha escrito cuento y crónica (este último de la mano del profesor Roberto Contreras de Carbón Editorial).
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