Alonso Mesía Macher

Diosa para una nueva religión
El lugar es nuevo, así que, al momento de ordenar, las personas hacen preguntas obvias y halagan la decoración.
Ha quedado muy lindo, ¿eh?
Y Mónica asiente con su cabecita rubia de diecinueve años.
Sí, ¿no? Está lindo.
Sí, sí. Muy lindo.
¿Cuándo abrieron?
Apenas el mes pasado.
Oh, ya veo, qué maravilla.
Mónica se ve enorme. Si en el mundo real mide un metro ochenta, en el mundo de detrás de la barra mide como tres.
La charla dura un momento más y luego Mónica grita:
¡Un café con leche de avena!
Yo digo ¡sale!, y en breve tengo la taza sobre la barra. La leche forma un tulipán perfecto en la superficie.
¿Qué más, Mónica?
Nada más, ¿acaso te he pedido algo más?
Mónica es la dueña, más bien sus padres lo son. De cualquier modo, tiene la autoridad para arruinarme el día. Si te demoras dos segundos en desechar un papel manchado de café, doblar un trapo o limpiar una taza, aparece por encima de tu hombro como en una pesadilla:
¿Y esto?, te dice, con el ceño chueco y el labio levantado, mientras agita el papelito sucio en el aire.
Le digo perdón, o le digo disculpa. Por lo general, intento intercambiar ambas palabras para no sonar repetitivo.
A veces, me animo a mirarla mal de reojo y, si apenas siento que lo nota, suavizo el rostro como un bebé.
Fuera del trabajo, Mónica parece una persona menos malvada. Después de cerrar, cuando bajamos la persiana y colocamos el candado, charlamos unos cuantos minutos en la puerta y me da consejos espirituales.
Manifiesta las cosas buenas y te ocurrirán, pequeño.
¿Sí?
¡Sí! ¡Manifiesta la vida que quieres, pequeño!
Luego se da media vuelta y camina hasta su auto. Antes de entrar en él, se despide agitando la mano.
En el sótano de la cafetería hay un espacio para niños. Según cómo se le vea, es una guardería, una cárcel con césped artificial o un campo de concentración para personas pequeñas. Está decorado con cenefas de Mickey Mouse y el Pato Donald. Hay un trencito de madera, una carpa india y unas mesitas de plástico para jugar a servir el té. A los adultos no les gusta estar debajo de la tierra junto a sus hijos, de modo que los depositan en el sótano y se acomodan arriba para tomar café y comer tartaletas de frutos rojos.
Además de las personas con niños, el lugar también se llena de ancianos. A veces los ancianos son abuelos y vienen con sus nietos, lo que también los califica como personas con niños. Después están los adolescentes del colegio de enfrente y mujeres y hombres solteros que van a clases de yoga y tai chi. Desde luego, eventualmente, aparecen personas que no pertenecen a ninguno de estos grupos objetivos, y Mónica los mira con desprecio y aprovecha para tomar su descanso.
Atiéndelo tú, que voy a hacer pis.
Le hago caso y tomo el pedido.
Cada cierto rato, un niño asoma la cabeza desde el sótano y le pide a gritos algo a su mamá. Cuando la mujer acepta, Mónica se gira hacia mí y me dice:
Ya estás tardando.
Entonces, busco el yogur, el chocolate, la tartaleta de merengue o lo que fuera, se lo alcanzo a la madre y ella misma se lo da al niño como si alimentara a un pingüino.
Cuando las cosas están calmadas, me paso el tiempo mirando a los ancianos. Me preocupan. Cada vez que se trasladan de un lugar a otro, los sigo con la mirada, como calculando una distancia de socorro en caso tropezaran. La cafetería queda en una buena zona, así que estos ancianos, a diferencia del resto de los abuelos del país, no están socialmente desprotegidos e, incluso, parecen mucho más jóvenes. Aun así, los percibo frágiles como cuando un perrito cruza la carretera y por eso los miro detenidamente para descifrar si tienen un cosquilleo en el brazo, si trastabillan o si se toman el pecho; también presto atención adónde se sientan, si parecen estables o si tambalean.
Antes de que la cafetería abriera, Mónica nos hizo a mí y a los chicos del otro turno armar las sillas y las mesas. Lo que quiere decir que muchos de esos asientos son mi responsabilidad y la verdad es que no estoy del todo seguro de haberlos armado bien. Tornillos, arandelas, tuercas, una llave allen y un manual de instrucciones. Yo no leo instrucciones, creo en la intuición.
Aunque , sin embargo, cada vez que dirijo mi vista a las patas de las sillas, veo las tuercas girar delicadamente hasta el borde de los tornillos.
También sueño con viejitos tropezándose y cayendo al vacío y yo intento atraparlos como en un videojuego.
Si tengo esta preocupación en especial es porque los viejos suelen ser los más amables. Sé el nombre de la mayoría de ellos. Sobre todo de los que están solos. Las personas solitarias te repiten su nombre una y otra vez para que puedas recordarlos.
Todos los días (excepto los domingos, que la cafetería no abre) empiezo mi turno sobre las dos de la tarde. Si llego con algo de retraso, ya sé que el día será particularmente terrible. Mónica se comportará todavía más hostil e, incluso, luego de cerrar, no expresará sus acostumbradas invocaciones espirituales.
Los días más extenuantes son los viernes. Las madres dejan a sus hijos en el sótano y se permiten tomar cervezas y copas de vino y les autorizan a sus niños a hacer todo el escándalo que les sea posible. Escucho los gritos de los niños dentro de mi cabeza, retumban en zonas del cerebro que no sabía que estaban activas. Felizmente, a cierta hora, ya los adultos están sentados y atendidos. Los adolescentes están tranquilos conversando en la terraza, y los ancianos parecen quietos y estables, sin demasiadas posibilidades de morir repentinamente. De modo que hay un cierto espacio de calma para poder respirar.
Voy al baño, ¿sí?, le digo a Mónica.
Ella asiente y enseguida dice:
Pero apúrate.
El baño de los empleados es diminuto y austero, así que prefiero usar el de los clientes, que queda en el sótano, al lado de los juegos para niños. Me suelo acostar en el suelo del cubículo para inválidos y miro el techo en silencio como si estuviera en mi cama. Lo llamo pausa social. En ocasiones, aprovecho aquellos ratos de soledad para meditar sobre la existencia. Me digo: Tienes veintiocho años, ¿qué se supone que vas a hacer con tu vida? Pero no llego a ninguna conclusión. Así que me pongo de pie, uso mucho papel higiénico y papel toalla y jabón olor a lavanda y todo lo que sea gratis. Lo veo como una especie de beneficios extra.
Cuando han pasado quince minutos, salgo del baño y subo a mi sitio detrás de la barra.
Estoy de espaldas al salón, puliendo los cubiertos, cuando escucho un estruendo.
Me giro a mirar y un anciano está tendido en el piso. Un grupo de mujeres lo rodea. La silla en la que estaba sentado se ha abierto de patas. Las tuercas y los tornillos han volado por todos lados y algunas personas los recogen como si fuesen monedas.
Mónica tiene la mirada anodina e inexpresiva.
Sonríe discretamente desde su sitio, moviendo la cabeza de un costado a otro.
Yo me acerco al tumulto, ayudo al anciano a ponerse de pie y le pido disculpas.
Le ofrezco un té de cortesía, el cual acepta, mientras se frota la cabeza.
El anciano se llama José y suele pedir un espresso largo. Pero le ofrezco un té porque me resulta más natural para después de un golpe como ese.
No he terminado de hacerme cargo de él hasta que una mujer cae al piso. La mesa se desploma y ella cae como un costal de papas y luego rueda.
Un grupo de niños sube al primer piso atraído por el alboroto y, entonces, todo ocurre como una reacción en cadena.
Las mesas y las sillas empiezan a caer unas tras otras, arrastrando a las personas con ellas.
Una niña mueve los índices en el aire como una directora de orquesta, como si condujera el colapso a su alrededor.
Por unos instantes, todo parece quieto y estable. Hasta que un niño patea débilmente una de las pocas sillas que quedan intactas. La madre lo agarra por detrás y lo alza en peso.
¡No hagas eso!
De inmediato, su hermano mayor coge la silla por las patas y la lanza por encima de su cabeza.
Los adolescentes de la terraza han comenzado a lanzar todo tipo de cosas hacia la pista y el tráfico queda detenido.
Dos de los niños más grandes se escabullen hasta detrás de la barra, agarran los vasos y las tazas y las lanzan contra las paredes. Sus padres los sacuden de los hombros y los intentan contener, pero es inútil.
Del colegio de enfrente, salen cientos de ellos y comienzan a romper las ventanas de los autos, a prenderles fuego a los contenedores de basura y a destrozar las señales de tránsito. Corro a la puerta a mirar lo que ocurre. Una chica sostiene una piedra enorme sobre su cabeza y la estrella contra un parabrisas. Entre otros tres golpean con un palo el cajero automático de la esquina.
Me pregunto cuándo los chicos empezarán a atacar a las personas. De momento, están enfocados en los objetos. Pero pronto vendrán por nosotros. ¿Es esta la fundación de un nuevo orden mundial? De ser así, ¿soy lo suficientemente joven para participar de él o puedo esperar lo peor?
Me devuelvo a la barra. Mónica está quieta. El rostro satisfecho y la sonrisa imperturbable. Por encima de su cabeza vuela todo tipo de objetos. De alguna manera, sus dientes perfectos, su cabello sedoso y su figura esbelta y fina compensan el caos. Me preguntó quién escribirá el editorial del periódico mañana. ¿Cuántos años tendrá? ¿Sabrá escribir: “actos vandálicos”? ¿Sabrá escribir: “economía de libre mercado”? Los adolescentes se graban a sí mismos con sus teléfonos. Algunos hacen gestos desafiantes y otros sonríen o saludan a la cámara.
Me escondo detrás de la barra, me protejo detrás del cuerpo de Mónica. Ella dice:
Hoy me miraste mal.
No.
¿Cómo te atreves? Perdón.
Mónica huele a una mezcla de vainilla y fresas. La deseo repentinamente. Me quiero abrazar a sus piernas larguísimas y experimento una necesidad irrefrenable de olerla y tocarla. Presiento que esto está ocurriendo en todo el mundo al mismo tiempo. ¿Qué hora es en Taiwán o en Alemania? ¿Acaso los niños y los jóvenes han despertado en medio de la madrugada para empezar a destrozar las cosas?
Mónica sale de la barra y camina hasta el medio de la cafetería. Se quita el delantal y lo arroja al piso. Los adultos están aterrorizados, algunos van detrás de sus hijos y otros corren desesperados por las calles. Salgo y me ubico otra vez a espaldas de Mónica. Ella me aparta y se sienta en el único asiento que ha quedado en pie. Tiene los brazos relajados y las piernas cruzadas. Suspira. Se estira. Se descalza y coloca sus zapatos a un costado. Recojo su delantal y lo pongo justo debajo de sus pies, para que no se lastimen con los cristales y los escombros. Estoy arrodillado delante de ella y los chicos van llegando hasta nosotros para adoptar la misma posición. Entre todos la rodeamos, con las cabezas gachas y las rodillas hundidas en el suelo. Mónica baja la mirada hacia mí.
Hoy me miraste mal.
Te juro que no.
¡Sí! Claro que lo hiciste.
En el exterior se desata la lluvia y los pájaros vuelan agitados.
La silla se rompe debajo de Mónica y entre todos la sostenemos en el aire.
Ella no se inmuta. Está perfectamente quieta, con las piernas cruzadas a la altura de nuestras cabezas. La elevamos, le acariciamos las manos y salimos de la cafetería con ella sobre nuestros hombros. Nos reciben las sirenas de las ambulancias y los bomberos, y emprendemos una inmensa procesión en medio de las calles devastadas.
Alonso Mesía Macher (Lima, 1989). Máster en Creación Literaria por la Pompeu Fabra. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y en revistas como The Barcelona Review. Ha publicado artículos, crónicas y ensayos en Rolling Stone, Anfibia, Relatto, El Comercio y Página12, entre otros. Fue dos veces finalista del Premio de No Ficción Las Nuevas Plumas. Es autor del libro Días bellos, pero no tanto (2019). Actualmente, reside en Barcelona y escribe para @contraculturalmag.
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