SEBASTIÁN DIEZ CÁCERES

Solano
1
Mi nombre es (o era) Rubén Darío Solano. DNI: 31.583.907. ¿Se puede dejar de tener un nombre? Vengo de asesinar a uno dentro mío. Camino ligero por un camposanto de gladiolos y libélulas que esquivo con mi llanto a la japonesa. El rostro al sudeste, empapado.
2
Creo que es momento de recapitular.
3
Hice ingreso al pasillo por el norte. Los denegados volvían a Tacna. Sorteé la aduana con mis maletas al hombro bajo una canícula tipo Apocalipsis 8:7. Mi sudor se evaporaba antes de mojar el asfalto. Los colectivos no cruzan venezolanos pues sus trámites demoran y fracasan. Muchos no logran acreditar su condición de turista. Otros, como yo, ingresan como refugiados. De fallar, ni modo retornaba a pie. Prefería salarme bajo el sol del Tamarugal y ser charqui de zorros y orugas.
4
Hasta que arribé. Al principio intuí uno que otro negocio, pero fracasé. La plata se me reveló llena de espinas. Kiyosaki, mi maestro, dijo que había que derribar el crepúsculo bombardeándolo con fajos de veinte. "Gasta el dinero de otros, no toques el tuyo". Suena sencillo. "No puedes hacer eso, esto tampoco ¿acaso trabajas en McDonalds?" Este era el peor insulto entre los fieles al management.
5
Y no pude. Caí de rodillas ante el poder de la mente millonaria. Admiré la vida de los superricos, su capacidad de amasar dinero con el pensamiento. No sé cómo lo hacen. Lo intenté pero no me resultó, así que conseguí empleo en manutención de ascensores. Me dediqué a limpiar espejos.
6
Había días que me topaba con políticos y empresarios. Les daba la espalda, concentrado en mis ejercicios. Se creó una especie de diafragma entre yo y mi reflejo que me anuló. Nadie sabía que estaba ahí.
7
Una mañana un haitiano exaltado abordó mi reflejo con un conjuro que no comprendí. Quien nos entregaba lavaza me dijo que creen en monstruos y cosas así, que trajeron magia negra y vudú. Fabrican zombies. “Muertos que entierran y a los días deambulan por el supermercado”, me dijo.
8
En el sube y baja entre espejos me torné indetectable. Ese siguió siendo el truco, ver y no ser visto, ni siquiera por mí. Limpié los ascensores de modo tal que encandilaran y facilitaran así mi fuga hasta mi reducto en el Capital donde mi gomero me esperaba. Del resto saboreé la indiferencia, esa que bien notan niños y moscas.
9
No daba sombra. Caminaba estampado a los muros como un grafiti sangriento, una delgada llovizna que la gente atravesaba sin mojarse. Una vez me empocé junto a las gotas del aire acondicionado y aguardé a que el arrebol se reflejara en mi espalda.
10
El edificio se llamaba (o aún se llama) Capital. Al ocaso un trompetista elevado de cola en su alféizar tocaba viejas melodías de cumbia, mientras sus tequeños se freían a sus espaldas. Eternos y pálidos pasillos tras cuyas puertas oí, sospecho, una agencia de viajes ilícitos o la filmación de una porno clase B. Lo llamaban el edificio maldito. Asaltos en los ascensores, narcotráfico. Un colombiano descuartizó a su pareja y lanzó los restos al río. Un Rappi fue hallado muerto en una de las bodegas y otro, arrojado por el shaft de la basura. Lo último, se supone, fue un ajuste de cuentas.
11
Tener vecinos era una creencia. Lo sabía sólo por la loza quebrada y el arrastre de muebles. Mas no conservé imágenes. Por eso imaginé a veces que alguien hacía teatro y en realidad estaba en Siberia, o siendo objeto de un experimento psicópata.
12
La distancia era como una afición. Pero a pesar de mis intentos, aquella a veces se ponía a prueba, como esa noche que tembló tan fuerte que huyó a los pasillos con entendible espanto una aglomeración de vecinos. Mi sismógrafo no me levantaba si no caían lámparas o derrumbaba un muro. Así que los pasillos se cubrieron de multitudes insospechadas, tanto que en un momento la prensa del gentío hizo vibrar el pestillo de mi puerta. Intenté impedirlo, pero la presión fue tal que, como un pelotero, se rajó, depositando cuerpos en desorden a mis pies.
13
Constituida nada más que por un gomero y quien suscribe, nuestra familia no sé qué habría hecho sin la herencia de tía Yusmidia. El día que fui despedido (como dije, limpiaba espejos de ascensor) perdí el sueño. El insomnio jugó al Nintendo conmigo sin mostrar cansancio ni desinterés. Los castillos inflables parecían hincharse hasta cubrir la ciudad de goma, sumiéndome en el interior de un guatero. Por miedo al estallido dejé de salir. Vivían tarántulas en mis Adidas.
14
Una noche, a la hora en la que los conserjes pierden la conciencia, dejé la TV de pie en el shaft de la basura como un sicario que oculta a su víctima y fotografía luego para cobrar el botín. No necesitaba de la televisión. Internet era mi campo silvestre. Los códigos encriptados, flores exóticas que desconocía y olía. Caminaba seguro de que mi carne no se rasgaría por los rincones oscuros que humedecía mi yema, mientras tecleaba contraseñas y me confinaba a esas 6 pulgadas.
15
Internet era también mi cementerio.
16
No fui instagrameable. Mi rostro desconfiguraba la lente del Iphone siendo prácticamente imposible un retrato mío. Fui diagnosticado dismorfofóbico. Esto quiere decir: me veía deforme como el anoréxico se ve gordo. Peleaba por fijar mi imagen en el espejo para que dejara de perseguirme. En el trabajo había logrado tal capacidad de equilibrar evasión con atención, que sostuve ese estado gaseoso. Cuando despertaba y destapaba mi frazada, como un mago, jugaba con la idea de desaparecer.
17
Mis grandes aventuras transcurrieron en mi I Phone 16.
18
Es curioso que a pesar del claustro desconociera mis interiores. Jamás vi mi estómago. Es más, mi voz sonaba distinta cuando la oía en audios (esto porque vibra de otro modo a través de la calavera, ahora sé). Quería personarme ante mis intestinos. Acariciar mi hígado, "hola pequeño". Limar y pulir una a una mis costillas.
19
Pronto dejé de cepillar mis dientes. No había público al que deleitar con mi aliento a mentol. Usé el cepillo, más bien, para lustrar mis uñas que ya pálidas parecían diez láminas de cuarzo. Tenía las manos de una Venus de mármol. La sangre se había alejado de mi piel para mojar mis huesos. Mejor así. Me aterraba la virulencia. El tiempo que toma el té en esparcirse bajo el mantel o un chisme por la red.
20
Fui el recipiente vacío que no tuvo más afuera que su adentro y no dejó huella.
21
A los seis meses de no poner un pie más allá de mi puerta, me alimenté exclusivamente vía Rappi. El timbre del citófono electrificaba mis venas y ni “gracias” decía ya por la baja de fusibles. No hubo contacto más que la caja de pizza que el motoboy tocaba y yo tocaba, mirada al piso. Intentaba allá abajo dibujar con mi pie un S.O.S., pero el casco empañado escondía sus ojos. Parecía estar hueco, o ser una pura respiración en el vacío de su traje.
22
Pasé una tarde tantas horas bajo la ducha que mi piel tomó la consistencia de una gyoza. Fue cosa de morder mis antebrazos para descubrir su relleno de lombrices. Parecía haberme mudado a una nube. El vapor era la misma camanchaca que me cegaba en la frontera. No veía más allá de mis manos y comencé a experimentar vértigo. Decidí usar de salvavidas algún sonido. Para el caso, la basura (o cuerpos) que caían por el shaft desde los pisos altos, azotándose como bombas. Nada tan distante a una escena de guerra.
23
Cuando la glaciación acabó en mi frigobar, jugué a reflejar la luz de la charca a sus pies al acero de mi suiza y viceversa, como enviando señales a helicópteros de la cruz roja. A cierta hora el agua ya cubría mi empeine y el deshielo parecía intacto. Mis calcetines eran dos polos que pungían mis dedos muertos. La uña del gordo, una pómez púrpura de sulfato nevado que desprendía con el filo.
24
A cierta hora el agua ya a la cintura...
25
Al octavo mes el volumen de mi voz no transgredía ya las fronteras de mi cama: una cordillera de frazadas salpicadas con soya. Mis palabras caían a cms. de las paredes en un vertedero de restos del delivery. En un paquete de papas fritas dormía la palabra “fuga”; en una caja de pizza: “adiós”. Mi garganta era una bocina descompuesta que combatía el sonido que manaba mi parlante Aiwa y sus graves rotos, en el intento de vibrar átomos ajenos y dar señales de vida.
26
Tributaba a las serpientes desperdigando mi piel muerta por ahí. Parecían dobles míos que cobrarían vida en cualquier momento. Por cada capa menos se transparentaba más mi sistema sanguíneo. El spoiler entonces resultaba evidente. Ya lo dije al comienzo. La tumba es la primera estación del viaje eterno. Tan solo adelanté trabajo.
27
Toda mi soledad se resumió a un problema matemático que resolví deformando la materia a mi alcance. Así levitaba entre las gotas de la ducha sin mojarme y la luz no lograba capturar mi piel para oscurecerla. A menudo encendía la campana de la cocina por si en una de esas me absorbía algo de aura y así desaparecía otro poco.
28
Sin regar mi rostro, la vegetación lo cubrió tan tupida que me obligó a dormir de nuca. Dejé de bañarme, bastaban toallitas húmedas para desprender los escombros de mi cutis. No tuve más energías que para mojar párpados y pañuelos con lágrimas, que eran mis amigos. Gracias a esos cálculos tuve más de dos caries y tanta cera en las orejas que podría haberlas incendiado.
29
Vivía inmensamente pegado a mi departamento, tanto que a veces las paredes tenían manchas de mi sangre o mi grasa. Si entraba la policía estaba obligada a marcar con tiza mi silueta amorfa en los muros. Eso o ser una silla de huesos que da unos pasos de jirafa recién nacida hasta aquietarse y confundirse con el mobiliario.
30
Había cierta hora de madrugada en la que nadie estaba despierto realmente y que los muertos aprovechaban para conversar sobre el clima o datearse. Apagaba el motor del frigobar para escucharlos con más nitidez. Ya me tenían confianza, tanto que una noche creí haber visto a uno sentado en el baño. No hallé mejor cosa que pedir perdón y cerrar la puerta.
31
El fantasma del gomero acarició suave con su hoja mi mejilla una noche mientras dormía. Si los fantasmas son almas en pena, cuando una bacteria muere, ¿también deja una? Se escabullían por los agujeros de mis frazadas y acurrucaban en mi ombligo las noches que dormía en el parquet. Mi sueño emitía desechos radioactivos cuyo envase, o sea yo, no soportaba y se trizaba. Así el piso algunas noches destellaba de manchas incandescentes con poses mías en la más insospechada gimnasia.
32
Ya me veía desvanecido por una vena explosiva en mi balsa: cocina y baño incluidos. “Inmigrante venezolano es hallado muerto bla bla” Herencia, ni qué hablar. Asistentes al funeral: cero. “Un olor intenso nos alarmó” “Lo invitaba a salir, pero no parecía interesado” “No miraba a los ojos”. A pesar de mis alaridos ningún vecino se quejó de ruidos molestos.
33
La putrefacción es el fin de todo lo que la naturaleza se propone. Mi cuerpo fue la porcelana que cargó mis cenizas. El envase fino de lo pútrido. Mi cutis de plata evadió la necrofilia del sol. Me pregunto qué factor solar usarán en el infierno, ¿o acaso será frío y hermoso?
34
En la tina a medias dejé un pie que aún no se convierte en pez. Escupí esponjosa plata tras la cortina de baño sobre el éter de un oso polar marchito. Vacío y yo, éramos pensamiento, niebla. Entonces enterré la suiza en mi muñeca como una pala en la nieve. La manera en que la sangre tiñó el hielo, sonrosándolo, esa manera.
Sebastián Diez Cáceres (Chuquicamata, Chile, 1988)
- Contacto: sebastian.diezc@gmail.com