# 05

SERGIO EBNER

¿Me puedes dar la hora?

Claro, son las once cincuenta y seis. Si me preguntabas hace un minuto no habría podido ayudarte. Es que me acababa de dar cuenta, así de golpe, que no tenía mi celular. Inmediatamente me entró el pánico y me sentí desorientado. Además, que recién me había sentado ahí, en esa banca, para hacer hora un rato y sin mi celular tampoco tenía cómo saber por dónde volver a casa. Yo siempre que salgo a la calle llevo conmigo un libro. Para serte franco, te diría que casi siempre los saco a pasear o, si llego a leerlos, leo dos páginas en la micro, que va saltando y se hace difícil enfocar las letras, que va llena de gente y casi nunca hay un asiento, por lo que hay que leer parado y sin poder abrir bien los codos, con la gente pidiendo que le toque el timbre porque no les alcanza la longitud de sus brazos de la cantidad de gente metida ahí adentro y la señora se tiene que bajar apurada, que es mucho más baja que yo, aunque yo no soy tan alto, pero sí me siento alto ahí adentro, y qué bueno que soy más alto, porque debe haber un aire mucho peor veinte centímetros más abajo.

Y lo busqué en mi bolsillo y no estaba ahí. Siempre guardo el celular en el mismo bolsillo, en el de la izquierda, porque a veces cuando voy arriba de la bici igual reviso el celular, aunque sé que es peligroso y yo no soy demasiado hábil. Muchas veces lo hago porque necesito el mapa para orientarme o porque tuve que sacarlo para ver la hora, pero puede ser que en menos de un segundo me olvide para qué lo saqué del bolsillo y al tiro me distraiga con las notificaciones, me meta a ver mensajes no leídos de grupos silenciados y que no me interesan en lo más mínimo, pero que mis dedos abren solos y que cuando voy a poner el celular de vuelta en el bolsillo, con harta dificultad, porque a veces el bolsillo está apretado y uno va pedaleando con una sola mano en el manubrio y… ¡paf! dan la roja y hay que frenar de golpe. En ese momento, es bueno que la mano derecha sea la que estaba conduciendo y la otra la que buscaba el celular porque, de lo contrario, uno no puede apretar el freno correcto, se va de bruces al asfalto y hace tremendo ridículo.

Pero yo tenía conmigo mi celular hace casi nada, cuando me puse a leer en esta misma plaza, en esa misma banca. La elegí porque le daba la sombra, pero al rato me empezó a pegar el sol y entonces yo me salí de la lectura y me volví al cuerpo, así como que desperté en un momento. Pero estaba desorientado, sin saber cuánto tiempo llevaba leyendo, completamente abstraído de mi entorno. Y nada, tan pronto volví a la realidad, lo primero que hice fue buscar el celular en mi bolsillo izquierdo y entré en pánico al no encontrarlo ahí, donde siempre lo guardo. Y busqué en el bolsillo derecho y no estaba. Y no estaba en la mochila tampoco, ¿me lo habrán robado?, pensé para mí. Pero habría sido raro que me lo robaran porque me vine en la bicicleta y apenas me bajé de la bici me senté en la banca, así que no hubo instancias como para que me lo robaran, aunque también es cierto que dicen que ahora el delincuente común no es como el de antes, sino que es cada vez más avezado y temerario, mientras que yo voy siendo cada vez menos. Pero como no encontraba mi celular me empecé a poner nervioso, así que me tuve que parar de la banca para hacer algo en medio de todo esto. Y miré a mí alrededor, pero no vi más que gente haciendo sus cosas, nadie que me estuviera prestando atención. Yo siempre tengo la sensación de que me pueden estar mirando, de que quizás le gusté a alguien. Entonces, cuando me paro a mirar a mi entorno y me veo no siendo observado ni de cerca, me inunda, pero nada más un poquito, una puntuda sensación de ridículo. Pero se me olvida rápido, tan pronto doblo en la siguiente esquina o me meto a ver mis notificaciones o le doy vuelta a una página, ya se me pasó y me vuelve la escurridiza, pero siempre presente sensación de que alguien, ojalá, se pueda haber fijado en mí. Así me siento siempre que me pongo a leer en la vía pública, como haciendo algo interesante, de otra época, porque ya casi nadie lee. Por eso lamento mucho cuando tengo que hacer hora y no traje un libro, porque pierdo esa chance de lucirme o al menos de sentir que me podría haber lucido para alguien, quién sabe, quizás hasta alegrarle el día, porque es lindo enamorarse, aunque sea de forma pasajera. Si con decir que, al salir de mi casa, sabiendo que hoy tenía que hacer hora, elegí un libro nuevo para estrenar y guardar en la mochila. Pensé que quizás podría aprovechar de ponerme el abrigo largo también, el de la solapa levantada. Ese me lo compré en la ropa usada hace unos dos años. Es una joyita, siempre que me lo pongo y me junto con un conocido espero que lo note, aunque rara vez ha pasado. La gente es muy poco observadora, a veces me da lata y me pregunto para qué me esfuerzo tanto. Pero esa sensación de desaliento, que en el fondo es la misma sensación de ridículo, también se me pasa al ratito, sobre todo si me miro al espejo con las solapas bien levantadas a lo Albert Camus. Una vez vi una publicación que rankeaba a los intelectuales más guapos y el primero era Camus. Cuando vi su foto lo sentí tan magnético con su abrigo largo, como refugiándose misterioso entre sus pliegues de pesada tela y el cigarro colgándole desinteresado de la boca, caminando como si no supiera que lo apuntaban con la cámara. Quizás es cierto que no sabía y la foto fue simplemente un acierto. Ojalá me pasara algo así a mí, que alguien me capture de esa manera, de imprevisto y sin esfuerzo. Lo primero que hice cuando vi esa publicación fue ir a leer los comentarios. Había un par, o un poco más, de mujeres que le dedicaban piropos. También había hombres que lo alababan. Yo ingresé a algunos perfiles y al verlas bonitas, admiré y envidié a Albert Camus, aunque luego me volvió la sensación de ridículo por saber que ya está muerto y nunca supo ni sabrá de las redes sociales y sus rankings pero, a la vez, yo estoy vivo y no me ha tocado saber de ese tipo de halagos, que no sirven de nada si uno ya está muerto. Yo creo que para eso me compré el abrigo, para que me diera ese aire a Albert Camus cuando salga a la calle y lleve un libro por si hay que hacer hora o andar en micro, a veces incluso caminar un rato e ir leyendo, aunque uno arriesgue pegarse de frente con un poste, caerse de espaldas y que las jóvenes del paradero lo comenten y se empiecen a reír. Y pensé en ponerme el abrigo hoy, aprovechando que tenía que hacer hora y podría sentarme a leer en una banca, pero no me dio la valentía de vestir un abrigo cuando hay 30° de calor. Lamenté ahí mismo que no fuera invierno. Parece que nunca es invierno cuando toca hacer hora en una plaza y uno puede sentarse a leer, a ver si alguien lo nota y, quién sabe, hasta sacarnos una foto. Es que encuentro que me veo mucho mejor con la ropa de invierno.

Pero bueno, cuento corto, la cosa es que yo estaba ahí, saliendo del libro que, cosa rara, había logrado cautivarme hasta olvidarme de mí y de mi entorno, de mis fantasías pobladas de admiradores imaginarios, capaz que observándome furtivos desde atrás de un árbol. Y yo no sé por cuánto tiempo me tuvo el libro abstraído, sentado, como atornillado a la banca, pero cuando me di cuenta me extrañé profundamente, porque en general no me pasa que disfrute leer. Menos aún en la vía pública. En general no me pasa que me olvide de todo y me caiga al libro como quien se cae a un pozo, un pozo de puro literario gozo, y me olvide de todo. Así que cuando desperté, lo primero que supe hacer para volver a la realidad, fue buscar mi celular en mi bolsillo izquierdo, y nada. En el derecho, y nada. En la mochila, nada tampoco. Y como no supe dónde más buscar, me paré de la banca a punto de ser apresado por el pánico y miré a mi entorno, no sé para qué, difícilmente eso me ayudaría a encontrar el celular, como si el ladrón que me lo robó fuera a regresar arrepentido a devolvérmelo, o alguien viniera gentilmente siguiéndome por cuadras y cuadras, trayéndomelo porque se me hubiera caído en el trayecto. Así que miré a mi alrededor, buscando miradas, también para sorprender a alguien mirándome leer en la banca, ojalá apuntándome con una cámara, pero nada tampoco.

Y así estaba yo, en medio de la plaza, en medio del día y del verano, parado mirando para cualquier lado, sin celular, sin poder saber la hora, ni si alguien me llamó, ni si alguien me escribió para contarme algo urgente, quizás una tragedia, ni tenía ya cómo ver un mapa para volver a casa. Estaba lo que se llama desamparado, en medio de mi ciudad natal que, de repente, se me hizo tan extraña y desconocida, casi ajena, si no fuera porque a diferencia de otras ciudades, en esta ya me he perdido antes. Y tan pronto me había decidido a caminar para salir del parque rumbo a la calle a ver si alguna micro, así como de chiripazo, me llevaba justo a donde vivo, me acordé, y acto seguido me di la vuelta, porque no sabía la hora ni podía verla por haber perdido el celular, que tenía que estar a las doce en la notaría que queda para el lado contrario de la calle con las micros. Entonces, me di la vuelta, para volver a la notaría, porque si por desorientado perdía la hora con el notario, ahí sí que la embarraba grande, eso sí que era grave. Y yo me doy vuelta, así, con todo mi cuerpo, girando primero el torso, seguido de la cabeza, con mi nariz comandando el movimiento y mis brazos haciendo lo suyo, con la casualidad de que mi mano derecha se queda atrás, como descoordinada, también como yo, desorientada, como si no hubiera recibido la orden de cambiar el rumbo y regresar a la notaría y, en eso, en su descoordinado letargo, toca mi bolsillo trasero derecho. Yo nunca uso mis bolsillos traseros. No desde que a los 15 años me dijeron que las billeteras iban menos seguras ahí, ya que un criminal común, incluso uno de los de antes, podría sacarla con gran facilidad porque ni siquiera estamos mirando. La cosa es que mi mano derecha tocó sin querer mi bolsillo trasero derecho y ¿no me vas a creer? Ahí estaba mi celular. Y estaba todo bien, eran las once cincuenta y cinco, así que casi que me había sentado recién a leer en la banca y no habían pasado más que quince minutos, a lo más veinte, en los que parece que nadie me miró, ni me sacó una foto, ni se enamoró de mí. Ojalá que sí pase algún día, que yo vaya en la bicicleta y entre a mi celular y mire las notificaciones de mis redes sociales y vea una foto mía que alguien me sacó sin que me diera cuenta. Ojalá ese día sea de invierno y yo vista el abrigo largo, y que cuando me muera y hayan pasado 100 años, una chiquilla haga un ranking de intelectuales guapos y yo aparezca, no me importa si no soy el primero de la lista, ni si nunca llego a ser un intelectual. ¡Bah! Pero qué hago aquí reteniéndote. Ya son las doce y un minuto, y si te sigo distrayendo perderé la hora con el notario.

Sergio Ebner (Santiago, Chile, 1986).

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