La otra tradición:
Poesía rusa desde los márgenes
por Fernando García Moggia

Créditos: Igor Makarevich - Estructuras estratigráficas - 1978
Sobran ejemplos de cómo una lengua literaria se renueva gracias al impulso de sus periferias lingüísticas. Basta recordar el caso de los irlandeses Joyce y Beckett, quienes hicieron entrar toneladas de carne dentro del higienizado inglés posvictoriano. O sin ir tan lejos, el caso de un Rubén Darío poniendo al día a la literatura peninsular, o el de un César Vallejo, trufando de coloquialismo y arcaísmos una lengua que, ahora sí, era capaz de arañar aquello que le excede: el mundo, con toda su extraña belleza y porquería.
El caso de la poesía moderna en lengua rusa no es tan distinto. La primera gran renovación del siglo XX no vendría ni de Moscú ni de San Petersburgo, sino de las lejanas estepas de Astracán. Este viento nuevo llevaba por nombre Velimir Jlébnikov (1885-1922), el fundador de la primera lengua franca de la vanguardia rusa: el zaum, idioma casi puramente fonético que, sacándole esencias a las sonoras consonantes del ruso (y sus deliciosas fricativas: sh, shch, zh), imaginó grandes extensiones geográficas en donde hasta las piedras parlan. Un poeta “central” como Ósip Mandelstam, acusando recibo de su influencia, llegó a decir: “Jlébnikov se maneja con las palabras como un topo que ha surcado en la tierra los caminos para todo un siglo”.
Sepultado bajo el hormigón del realismo socialista oficial, ese otro camino de la poesía en lengua rusa se volvería a recorrer décadas después, también desde la periferia. Su impulsor venía de Chuvasia, a orillas del río Volga, y se llamaba Guennadi Aiguí (1934-2006). Poeta disidente por sensibilidad y postura (sus libros solo circulaban en ediciones samizdat), cambió el chuvasio por el ruso como lengua literaria y diseñó un nuevo espacio poético hecho de sonoridades y sintaxis rotas. Su poesía es el puente insoslayable entre las primeras vanguardias y la poesía experimental de los años 80 y 90.
Una de las figuras claves de esta última poesía vendría de Ucrania, Arkadi Dragomóshenko (1946-2012), cuya obra sigue siendo un referente para las generaciones más jóvenes. (Entre 2015 y 2021, el Premio Arkadi Dragomóshenko destacó a poetas menores de 27 años que escriben en lengua rusa; desde 2021, en señal de protesta contra la invasión rusa a la tierra natal del poeta, se ha cancelado su entrega). Su obra es un diálogo sin fronteras entre poesía, ensayo y narración, con un marcado interés por la filosofía del lenguaje y una intensa impronta lírica, que recuerda en clave contemporánea a poetas como Trakl o Rilke.
Siguiendo esa estela, una de las poetas rusas más importantes de la actualidad, Galina Rymbu (1990), quien fuera cofundadora del Premio Arkadi Dragomóshenko, viene de Omsk, Siberia, y vive desde el 2018 en Lvov, Ucrania. Renovadora de la senda experimental de la poesía en lengua rusa, su obra es un debate abierto y tenso contra las jerarquías simbólicas y la política imperialista de Rusia y otras potencias, siempre desde una perspectiva feminista y ecocrítica. Su activismo político es también un accionismo poético que trasciende muchas veces el espacio de la página. El fuego de su obra es una pequeña luz dentro de la oscuridad reinante.
Selección y traducción de Fernando García Moggia


