# 05

geovanna luis

Dama

Mientras pienso que no será fácil tener una relación así, en la que no hablemos durante un buen tiempo y de pronto un domingo lejano me pidas salir, me visto para esperarte a la hora acordada. La estrategia será tratarte con frialdad para que notes que algo anda mal, después de un rato de caminar te diré que la situación me disgusta, no pienso prolongarla ni un momento más. Porque si requieres de alguien para salir cualquier fin de semana, con besos, abrazos y coquetería incluida, hay servicios de acompañantes que alquilan sustitutos de amor por algunas horas.

Llamaste con fuerza a la puerta. El cielo nublado me ayudó a decidir que mi blusa no era la más apta para el día, así que tomé mi tiempo para cambiarla por otra y salir. Mi padre aguardaba en la cocina, nervioso dijo: “Si yo fuera él no te estaría esperando”. Finalmente salí y de pronto gritaste ese nombre espontáneo (“¡Afeda!”) por el que nos solemos llamar desde que nos compartimos el meme de Afedo. Te arrojaste contra mi cuerpo en un abrazo fuerte y entregado, la confusión llegó a mí porque, aunque no te quise tocar, tu emoción se contagiaba.

Empezamos a caminar en busca de la combi y respondí unas cuantas preguntas tuyas, creí que hablarías sobre tu trabajo, mis intentos por terminar la relación y mis mensajes cortantes durante un mes, pero no… Y me confundiste aún más. Caminamos por las calles de Cholula, bebimos cacao y, entre silencios y preguntas ocasionales, nos sentamos en una banca de piedra, propiedad de una casa. Aquella era una gran casa de piedra gris, entre la 14 poniente y la 5 de mayo, tenía dos cámaras de seguridad en dirección a la banca y de frente podíamos observar el restaurante Ojo de Pez. Habría sido lindo que me hubieras llevado a comer como antes; algo en nuestra relación había cambiado desde que tenías más trabajo, pero muy escaso dinero para invitarme a un lugar así, o quizá esa etapa ya había pasado.

Todo se acumuló, por más que quise dejarte caer encima el peso de tus acciones no pude; recostaste tu cabeza sobre mi hombro, exhausto como un niño fingiendo ser adulto, agotado de disimular y esforzarte. Así se me olvidó por completo la distancia entre ambos, una vez más te comprendí sin razones. Te besé, te abracé, te acaricié y te empapé de ternura hasta que el calor comenzó a llegar y mordiste mi hombro. Te hablé de mis cuentos favoritos, aquellos de escenas eróticas, amor y dulzura entre mujeres.

Después de un rato me llevaste a tu casa porque tu celular no tenía batería, en medio de la lluvia y la juguetería sentí el impulso de decirte “te amo” y lo dije; tú bajaste la mirada al suelo y tras un silencio largo, titubeaste para decir: “Yo también te amo”. En cuanto llegamos me quedé afuera porque no quería que tus padres me vieran, pero aseguraste que no había nadie y entré, me senté en el sillón, aquel en el que una tarde por suerte de una moneda nuestras pieles se encontraron por primera vez.

Sabía qué debía pasar y aunque todo lo hiciste brusco, fuerte y rápido, hablé para mis adentros, me aseguré que estaba ahí para cuidarme y que no podrías hacerme daño. Mis ojos se perdieron entre la oscuridad, el sudor de tu cuerpo, las siluetas en movimiento y mi amor por ti. De pronto tu mamá llamó a la puerta dispuesta a entrar, el temblor de mis piernas se extendió por todo mi cuerpo, en forma de miedo, ansiedad y temor. En cuanto entró nos vestimos rápido, ella volteó con una lentitud sospechosa de lo que sucedía. Le estreché la mano y sentí su sensación de incomodidad cuando percibió la textura en ella, no dije mi nombre ni ella el suyo, no dije nada, me pregunté para mis adentros qué pensaría, ¿Que solo soy una joven que satisfacía a su hijo? ¿Por eso no le importó mi nombre ni decirme el suyo? ¿Habrá recordado su juventud con su esposo o con alguien más? ¿De quién te acordaste tú?

Salimos de tu casa porque entré en una crisis de ansiedad, te diste cuenta tarde, cuando sentí gotas de agua que apuraban mi respiración por una extraña culpabilidad de lo sucedido. Tú abandonaste el teléfono porque hasta ese momento te distraías pasando un reel tras otro en TikTok. Me abrazaste completamente ajeno al cambio de emociones y tan solo repetías que esto produciría un trauma. Pediste un auto por aplicación que tardó una eternidad en llegar, todo cambió cuando estuvimos solos, te sentiste mal por mí y con un abrazo que parecía completamente sincero dijiste: “Quiero estar contigo. Te prometo que todo cambiará y trataré de mensajearnos y vernos más seguido”.

Al siguiente día aquí estoy de nuevo, acobardada de tomar decisiones por la duda venidera, esperando tus mensajes, sin trauma alguno porque al final de cuentas había olvidado que tu madre también es mujer y ser humana. Estoy repitiendo recuerdos lejanos para no olvidar que me amas, leyendo al tiempo que termino deberes para no extrañarte. Aquí estoy, esperando el siguiente domingo, para volver a ser tu novia o tu dama de compañía.

Geovanna Luis Baltazar (Puebla, México, 2002). Fue mención honorífica por el cuento “Un día como hoy” en el libro Memoria de cuando nos quedamos en casa (Secretaría de Arte y Cultura de San Andrés Cholula, 2020, Puebla), publicó el cuento “La cápsula II” en el libro Futurotopías (Foro Cultural Karuzo, y Ediciones Ají, 2020, Puebla) y formó parte de la Antología Chocolha 2023 (Editorial Cualicalli, 2023, San Andrés Cholula) con el cuento “El llamado del cacao”.

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